¿Te gustaría ser como Homer Simpson?

A nadie en su sano juicio le gustaría ser como Homer Simpson. El protagonista de la serie de dibujos animados creada por Matt Groening es un tipo calvo, gordo, zafio, ignorante e inculto. La inteligencia no es, precisamente, uno de los dones que recibió en la cuna y su mapa de conexiones neuronales ofrece una imagen más desoladora que el expediente académico de los Gemeliers. Homer nos ha hecho reír muchas veces, pero nunca se nos ha pasado por la cabeza que pudiera ser un modelo a seguir.

¿Realmente la vida de Homer es tan patética y lamentable? ¿No hay nada en su existencia que sea digno de envidia? Analicemos detalladamente cuáles son sus condiciones de vida. Homer vive en una espaciosa casa de dos plantas con jardín que pagó en el plazo de diez años. Está casado y tiene tres hijos –Bart, Lisa y la pequeña Maggie-, lo cual en España le daría derecho a obtener el carnet de familia numerosa. Su esposa, Marge, es un ama de casa: se ocupa del cuidado del hogar y de la educación de los niños. Homer aporta los únicos ingresos monetarios de que dispone la familia y debemos colegir que su salario es bastante alto, pues les permite a él y los suyos llevar un nivel de vida más que aceptable. Ciertamente los Simpson no nadan en medio del lujo, no visten con ropa de marca, ni tienen la casa llena de complejos aparatos tecnológicos, pero no les falta nada esencial y, de vez en cuando, pueden permitirse algún extra, como cenar en un restaurante o realizar un viaje.

Para lograr esto Homer no ha necesitado pasar largos años realizando tediosos estudios académicos. Su formación es limitada: finalizó a trancas y barrancas la escuela secundaria e, inmediatamente después, encontró empleo en la central nuclear de señor Burns, un tipo al que la serie se empeña en presentarnos como mezquino y miserable, pero que con sus inversiones crea puestos de trabajo estables y bien pagados que permiten a gente como Homer hacer realidad su proyecto de vida. Tampoco necesita llevar una vida de estrés y competitividad. En su empresa, Homer no tiene que actualizar su formación periódicamente, no precisa realizar cursos de idiomas e informática, no tiene que llevarse tareas a casa. Su trabajo le deja bastante tiempo libre que él emplea en estar con su familia y en sus dos diversiones favoritas: jugar a los bolos con sus amigos y beber cervezas en el bar de Moe.

Comparar el estilo de vida de Homer Simpson con el del hombre tipo de la clase media española actual provoca sentimientos dolorosos. El hombre español de clase media ha completado un proceso larguísimo de formación -grados, posgrados, másters, doctorados, certificados de idiomas- tras el cual ocupa un puesto para el que no son necesarios la inmensa mayoría de los conocimientos adquiridos. En el día a día de su trabajo está sometido a constantes procesos de evaluación de inquietantes denominaciones, siempre en inglés –“quality reports”, “employer performance evaluations”-, de los que a menudo depende su continuidad en la empresa y que le generan la sensación de vivir bailando claqué sobre un alambre. Vive con su pareja –eso de casarse pasó a la historia-, quien desempeña un puesto de trabajo similar al suyo. Ha obtenido un préstamo hipotecario para comprar un mini piso que terminará de pagar cinco minutos antes de causar baja definitiva en el registro civil. Tiene un solo hijo al que trata de educar con esmero. Aparentemente posee muchas cosas: teléfono móvil de última generación, televisor de plasma, conexión wifi veinticuatro horas al día, pero nadie le quita de la cabeza la idea de que su padre –al igual que Homer- vivía mejor con menos esfuerzo.

Siempre le quedará el consuelo de que él, a diferencia de Homer, no es tonto. Él no es un lamentable patán que pasa los fines de semana bebiendo cerveza y comiendo palomitas frente a la televisión. No. Él es un tipo culto que lee el “Jot Down” mientras desayuna cereales orgánicos con leche de soja y que es capaz de argumentar por qué las últimas tendencias musicales no están a la altura del rock que se hizo en los noventa. A él no le cuelgan esos antiestéticos michelines en la barriga gracias a que realiza una tabla diaria de abdominales. Y, además, ha comenzado a ir al trabajo en bicicleta, para contribuir a frenar el cambio climático. No, él no es tonto. ¿Verdad que no?

Cuando era un niño crecí rodeado de Homers Simpsons. Hombres que eran capaces de hacer lo que históricamente siempre hicieron los hombres antes de que la última oleada de la revolución liberal, en la década de 1970, se llevara por delante el modelo de familia tradicional: mantener a sus familias a través de su trabajo, disponiendo además de tiempo para educar a sus hijos mediante el cariño y el ejemplo. No eran los más listos de la clase ni los más guapos. A veces podían resultar vulgares, poco refinados, incultos, políticamente incorrectos. Pero yo hoy me cambiaría gustosamente por ellos. ¿Te gustaría ahora ser como Homer Simpson?

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