Ernst Jünger y Hermann Hesse: dos jóvenes rebeldes

Los escritores Ernst Jünger y Hermann Hesse nacieron en el Imperio alemán durante el último tercio del siglo XIX y aunque Hesse era 18 años mayor que Jünger debieron crecer en un clima social y cultural muy parecido. Jünger era hijo de un farmacéutico, mientras que el padre de Hesse era un misionero protestante. Ambos vivieron adolescencias marcadas por la rebeldía y por el conflicto con sus progenitores, las cuales reflejaron en sendas obras literarias.

En 1913, con 18 años apenas cumplidos, Jünger escapó del hogar paterno, tomó un tren con destino a Francia y se alistó en la Legión Extranjera, siendo destinado a Argelia. En su ingenuidad, firmó la ficha de alistamiento con su nombre real, ignorando que en la Legión es posible hacerlo con nombre supuesto, lo cual facilitó a su padre la labor de localizarlo y de obligarlo a regresar a casa apenas seis semanas después de haber desembarcado en el norte de África. Sin embargo, la tranquilidad del honrado farmacéutico no iba a durar mucho: en agosto de 1914 estallaba la I Guerra Mundial y Jünger era uno de los primeros en presentarse voluntario para combatir por el Reich. Hay quien nace con espíritu guerrero.

Jünger noveló este episodio en Juegos africanos (1936). A lo largo de su vida escribiría obras más densas y de mayor complejidad literaria, pero ninguna tan emocionante y tan auténtica como ésta. Del joven prusiano que abandona la escuela para hacerse legionario nos impresiona su temprana y lúcida ruptura con los paradigmas burgueses, representados por el padre. Romper con el modo de vida burgués es romper con el mundo de lo académico, de las profesiones, de la burocracia. Desde pequeño le han fascinado las “actividades elementales” (pescador, cazador, leñador…), precisamente las que son clasificadas como “inferiores” por la visión burguesa, pero que permiten mantenerse más cerca de la Naturaleza y de las fuentes de la vida. Fantasea con hacerse guardabosques, hasta que un día descubre que el Estado los ha convertido en unos burócratas “que trabajan más con la pluma que con la escopeta”. Termina llegando a la conclusión de que sólo podrá vivir como desea fuera de Europa: en África.

Pero la ruptura con lo burgués no es fácil. Jünger reconoce que pasa miedo antes de tomar la decisión de alistarse. La burguesía ofrece una vida profundamente frustrante, pero nos instala en una “zona de confort” de la que es difícil salir. Hay que elegir entre una existencia frustrada permaneciendo siempre seguro y vivir de verdad asumiendo los riesgos. Afirmar la propia individualidad es siempre un acto de violencia hacia uno mismo, pues implica romper con las convenciones sociales, cuya fuerza es superior a lo que podamos imaginar. Aquí Juegos africanos nos brinda un pasaje inolvidable. Cuando el protagonista se encuentra vagando por la ciudad francesa de Verdún, postergando de un día para otro la decisión de entrar en la oficina de reclutamiento, decide en un momento dado tirar todo el dinero que lleva encima por una alcantarilla, de este modo, al no disponer ya de recursos para seguir pagando una pensión, no tendrá más remedio que alistarse. Ha comprendido que mientras tenga dinero, mientras haya un punto de contacto que le mantenga unido a la zona de confort, no dará el paso de alistarse. Es necesario romper amarras de una manera dolorosa y radical. Es necesario “quemar las naves”.

Y no importa que al final la aventura no esté a la altura de lo soñado. Cual nuevo Tartarín de Tarascón, Jünger no encontrará en Argelia esa África de riesgos y emociones aprendida en los libros y terminará aburrido en medio de un secarral mediterráneo, realizando una no demasiado exigente instrucción militar y tramando tretas para escaquearse de las poco excitantes labores de intendencia que se esperan de él, tales como fregar platos o apilar piedras. Ocurre a menudo: la vida real suele ser decepcionante. Pero esto es algo que cada hombre debe descubrir por sí mismo. Y hurtarse la experiencia de hacerlo supone la peor manera de no vivir.

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Ernst Jünger en la Legión Extranjera francesa

Hermann Hesse experimentó una faceta más dolorosa y traumática de la rebeldía juvenil. En 1891, cuando contaba con 14 años de edad, ingresó por decisión paterna, y en contra de su decisión de “ser poeta”, en un seminario evangélico. La dura disciplina del internado le llevó a escaparse, pasando una noche vagando por una zona boscosa. El fracaso de su vástago a la hora de convertirse en pastor evangélico cayó como una bomba en la familia Hesse, que obligó a Hermann a realizar un penoso peregrinaje por diferentes instituciones psiquiátricas y educativas con la finalidad de “curarse”, hasta que en 1893 logró afirmar su individualidad, abandonando sus estudios e iniciando su carrera como escritor.

Esta adolescencia sombría quedaría plasmada, de una manera muy reelaborada, en Bajo las ruedas (1906), donde Hans Giebenrath, “alter ego” de Hesse, transcurre una infancia siniestra, sin juegos y sin amigos, siempre enterrado entre traducciones de latín, con la finalidad de superar el durísimo examen de ingreso al seminario evangélico más prestigioso de Alemania, lo cual le permitirá convertirse en un pastor de renombre y vivir el resto de su vida a expensas de los fondos del Estado. Su padre le aterroriza constantemente asegurándole que si fracasa en este intento terminará su vida a la intemperie y “bajo las ruedas”.

Hans, que es un verdadero estudiante prodigio, logra superar el examen y pasa a formar parte de la reducida élite del seminario. Allí le aguardan más interminables horas de estudio: latín, griego, álgebra… Quedar “al cuidado total del Estado hasta el fin de su vida” no sale de balde: exige buen comportamiento y disciplina. El hartazgo hacia una existencia de constante preparación pero en la que nunca llegan las experiencias de verdad, la búsqueda a tientas de una vocación poética impensable en su entorno y, sobre todo, la conciencia de que en el seminario evangélico la espiritualidad brilla totalmente por su ausencia, llevarán al joven Hans a una situación de bloqueo cuya única salida posible será la escapada nocturna al bosque que pondrá fin a su etapa de seminarista a la fuerza. El bosque aparece aquí como expresión primigenia de libertad y resulta llamativo que Jünger basase en esa misma imagen otra de sus obras destacadas: La emboscadura (1951).

Hermann Hesse realiza en Bajo las ruedas un viaje sin concesiones a los agujeros más oscuros de la infancia y la adolescencia. La tensión entre libertad y autoridad paterna, el conflicto entre lo que se quiere hacer y lo que socialmente está establecido que se debe hacer. De esa exploración aflora una impugnación decidida de los valores burgueses, del mundo del estudio sin conocimiento, de la vida reglada por instituciones y sin contacto con la Naturaleza, de la Iglesia concebida como una mera estructura burocrática donde no hay lugar para la emoción espiritual. Y esa impugnación sólo puede llevarnos a una afirmación de la libertad, una libertad que se conquista de manera dolorosa, contra todo y contra todos, pero que es requisito indispensable para toda vida auténtica.

Juegos africanos y Bajo las ruedas son dos novelas que nos retrotraerán a nuestra adolescencia, hablándonos de quienes hemos querido ser y no hemos sido, o quizás sí hemos terminado siendo. A través de ellas se nos revela una verdad fundamental: que todo hombre se verá confrontado en algún momento de su vida con la necesidad de nadar contra la corriente. Que hacerlo le provocará miedo y será doloroso. Pero que el coste de no hacerlo será siempre infinitamente mayor.

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