La soberbia de Ceneo

La antigua mitología griega nos narra un llamativo caso de transexualidad. El dios Poseidón yació con una mujer mortal llamada Cenis y, complacido sin duda por sus atenciones, le concedió cumplir su más anhelado deseo, que resultó no ser otro que el de convertirse en hombre y ser invulnerable. Fue así como Cenis se metamorfoseó en Ceneo.

Pero su recién adquirida masculinidad llenó a Ceneo de un soberbia malsana, llegando a creerse, él también, una especie de dios, hasta el punto de clavar un día su lanza en la plaza pública y exigir a los lapitas que se arrodillasen ante ella. Zeus, el padre de todos los dioses, indignado por la locura de Ceneo, decidió castigarle, enviando en su contra a los centauros, que le dieron muerte. Los centauros, seres monstruosos a mitad de camino entre el hombre y el caballo, habían representando siempre una forma oscura y a menudo brutal de masculinidad, bien diversa de la virilidad hipertrofiada, pero superficial, de Ceneo…

Hoy vivimos constantemente rodeados de Ceneos. La vida moderna fabrica en serie a unos seres que adquieren una masculinidad impostada y que, como la malhadada amante de Poseidón, se creen merecedores de toda clase de pleitesías por ello. Los encontramos en la universidad, en el trabajo, en la burocracia, en los medios de comunicación. Por todas partes nos topamos con lanzas clavadas a las que hay que reverenciar, como sustitutivos de una virilidad inexistente. En lo profundo duerme el instinto del centauro.

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