Melampo

Melampo tenía los pies negros porque su madre, al nacer, lo puso a la sombra, olvidando resguardar también sus pies, que quedaron de este modo expuestos al sol. Siendo muy joven adquirió el don de la adivinación gracias a su cercanía a las fuerzas de la naturaleza. Al encontrar una serpiente muerta, le rindió honras fúnebres y crió a sus crías; éstas, agradecidas, lamieron sus oídos hasta lograr que el lenguaje de los animales le resultara comprensible.

El de los pies negros poseía también la capacidad de curar tanto el cuerpo como el espíritu, don éste que puso al servicio de los jóvenes. Curó la impotencia del joven Ificlo, por lo que fue recompensado por su padre, Fílaco, y salvó de la locura a las hijas de Preto, rey de Argos, que vagaban por el monte convencidas de que eran unas vacas. Agradecido, el monarca le entregó un tercio de su reino y la mano de una de las doncellas ahora restablecidas en su cordura.

¡Cuán necesario sería que hoy pudiésemos contar con un Melampo! Un médico adivino conocedor de los secretos de la naturaleza que acudiese al rescate de los jóvenes en apuros. Alguien con curase la impotencia para vivir, para luchar y para ser de tantos chicos que malviven arrumbados entre la depresión y el desánimo. Alguien que inspirase un poco de sentido común en tantas chicas empeñadas en ser quienes no pueden, no saben y no deben ser. Los padres estarían dispuestos a recompensar generosamente a un benefactor de esta especie. Alguno le entregaría con los ojos cerrados no un tercio de su reino, sino los tres tercios enteros.

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