La auto-educación de Benjamin Franklin: el poder de la lectura y de la escritura

Benjamin Franklin (1706-1790) desarrolló una exitosa carrera política que le llevaría a convertirse en uno de los redactores de la Constitución de Estados Unidos. Fue, además, un científico brillante que aportó descubrimientos determinantes sobre los fenómenos eléctricos y que inventó el pararrayos. Empresario de éxito, emprendió lucrativos negocios en el sector de la imprenta y de las ediciones, pudiendo ser considerado como uno de los pioneros de los “libros de autoayuda”. Desarrolló un método para obtener el éxito y la felicidad en la vida basado en trece virtudes y lo difundió a través de almanaques y folletos que alcanzaron ventas masivas en la Norteamérica del siglo XVIII. Además, tomó parte en la Guerra Franco-India de 1754-1763 -codo con codo junto a su hijo William-, fue embajador en Francia y en Suecia, fundó la Universidad de Pennsylvania y el cuerpo de bomberos de Filadelfia, entre otros logros destacables.

Franklin pudo desarrollar una vida tan envidiablemente fructífera habiendo asistido a la escuela sólo durante dos años. Su padre, Josiah Franklin, un humilde artesano fabricante de velas, lo puso a estudiar con ocho años de edad, esperanzado en que la agudeza intelectual que mostraba desde pequeño le llevase a convertirse en un clérigo, pero sus escasos recursos económicos –tenía que atender a otros dieciséis hijos- le llevaron a abandonar pronto esta idea. Además, el bueno de Josiah había constatado que en la Norteamérica de su época muchos de los que obtenían una educación superior no conseguían luego obtener unos medios de vida decentes –al igual que ocurre hoy en día-, situación ésta que deseaba evitarle a su hijo por todos los medios, dado que, argumentaba el bueno de Josiah, es bien sabido que los hombres de estudios que al mismo tiempo son pobres se caracterizan por ser altamente infelices. De este modo, a los diez años Benjamin abandonó para siempre el mundo académico y comenzó a trabajar como aprendiz en el negocio de velas de su padre.

La clave para que Benjamin Franklin lograse convertirse en un político, científico e intelectual destacado pese a no haber realizado estudios formales más que durante dos años está en un apasionante proceso de formación autodidacta que inició siendo muy joven y que mantendría a lo largo de toda su existencia. Y ese proceso se basó en un recurso intensivo y altamente dinámico a la lectura y a la escritura. Franklin fue un lector muy precoz, hasta el punto de que en su Autobiografía afirmó que no poseía recuerdos de sí mismo como un no-lector. Esta pasión por la lectura le fue inculcada en el ámbito familiar. Su padre era miembro de una rigorista secta protestante y había emigrado desde Inglaterra a Norteamérica para huir de la persecución de la Iglesia Anglicana. Debido a ello, en casa de los Franklin la lectura de la Biblia y de sermones de todo tipo –de los que Josiah era un ávido coleccionista- constituía una práctica habitual. Además, uno de los hermanos mayores de Benjamin, James, era propietario de una imprenta donde se editaba uno de los más relevantes periódicos de Norteamérica. Con doce años Benjamin dejó de trabajar en la cerería de su padre y entró al servicio de su hermano editor.

En su Autobiografía Franklin nos ha dejado varios pasajes a través de los cuales podemos comprender cómo se enfrentaba a la lectura y a la escritura y cómo, a través de ellas, elaboraba y cuestionaba sus conocimientos. Hay tres de ellos que resultan particularmente esclarecedores.

El primero tiene lugar poco después de que comenzase a trabajar en la imprenta de su hermano. Benjamin había trabado una fuerte amistad con otro muchacho de Boston, John Collins, que compartía su afición por la lectura. Juntos comentaban los libros que leían y era habitual que terminasen enzarzándose en discusiones acerca de sus contenidos. Collins poseía una fuerte inclinación a la polémica y gustaba de llevarle la contraria a Franklin por el mero placer de contradecirle, algo que sacaba de quicio a éste, dado que Collins poseía una capacidad retórica muy superior a la suya y lograba siempre que sus argumentos resultasen más brillantes, incluso cuando resultaba obvio que su fundamento era más endeble.

Una tarde los dos aprendices de intelectuales discutieron sobre si era sensato que las mujeres recibiesen una educación académica similar a la de los hombres. Franklin estaba convencido de que sí, pero Collins, eterno contradictor, lo apabulló con argumentos elocuentes acerca de la “inferioridad congénita” del sexo femenino. Cuando Franklin regresó a su casa se sentía furioso: estaba convencido de tener razón, pero Collins había vuelto a dejarlo en ridículo con su retórica vana. Preso de la ira, tuvo entonces una idea: sentarse frente a una mesa y comenzar a poner sus argumentos por escrito. Poco a poco fue descubriendo que, al escribir sus razonamientos,  se familiarizaba con los mismos y lograba ordenarlos de una forma más convincente. De una forma experimental Franklin está descubriendo la relación profundamente dinámica que existe entre la expresión oral y la expresión escrita y el valor superior de la escritura en cuanto instrumento organizador del pensamiento.

La segunda historia se produce cuando Benjamin contaba con unos catorce años. Trabajaba duramente componiendo las letras sobre las planchas de la imprenta de su hermano, mientras éste pasaba buena parte del día en la trastienda, en animada charla con los próceres locales que publicaban artículos en su periódico. Benjamin los escuchaba en silencio y deseaba profundamente formar parte de ese mundo de “escritores” llamados a ver sus creaciones reproducidas en letra impresa. Se consideraba plenamente capacitado para publicar artículos en el periódico de su hermano e incluso tenía algunas ideas muy interesantes al respecto, pero era consciente de que si se lo planteaba directamente aquél rechazaría sus pretensiones a carcajada limpia. ¿Un muchacho de catorce años publicando en un periódico? ¿Un simple aprendiz pretendiendo codearse con los hombres de letras? ¡Ni hablar!

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El joven Franklin trabajando en la imprenta de su hermano James

Un día Benjamin concibió un ingenioso plan. Caminó hasta la imprenta por la noche, cuando estaba cerrada, y deslizó por debajo de la puerta un artículo de su autoría, sin firma. A la mañana siguiente, mientras trabajaba con sus planchas, aguzó el oído para escuchar la conversación de su hermano con sus amigos. Efectivamente, James les informó del hallazgo y les dio a leer el anónimo. Para deleite de Benjamin, todos alabaron el brillante estilo literario del artículo y el alto sentido común que reflejaban sus argumentos. Uno de los presentes afirmó que, en su opinión, el autor debía ser un hombre de “gran madurez” que no deseaba que apareciese su nombre debido a que, probablemente, ocupaba un puesto de “alta responsabilidad” en la sociedad bostoniana. James publicó el artículo, así como otros más que Benjamin siguió deslizando por debajo de la puerta, hasta que un día descubrió que el misterioso autor de “gran madurez” y “alta responsabilidad” era, en realidad, un aprendiz de impresor de catorce años. Ese día montó en cólera y le juró que nunca más le dejaría publicar en el periódico.

La historia constituye una reflexión de gran calado sobre las trampas de la autoría. Franklin descubrió que la popularidad de un texto no depende de su brillantez, sino del nombre de su autor. Un texto mediocre puede ser aclamado si su autor es una persona conocida y un texto brillante será ignorado si es firmado por alguien que carece de nombre. Franklin tuvo la inmensa fortuna de que sus textos fueran juzgados por personas que ignoraban quién era realmente el autor y que, por lo tanto, no pudieron dejarse llevar por los prejuicios.

El tercer pasaje que completa este recorrido a través de la auto-formación de Benjamin Franklin se produjo un año más tarde, cuando nuestro protagonista contaba con quince años. Como tantos otros adolescentes, sufrió una crisis religiosa. Las ideas deístas estaban ganando adeptos entre las personas formadas de Norteamérica y Benjamin se preguntó si éstas no constituirían una explicación del mundo más plausible que la cosmovisión cristiana que había recibido de su padre. Los deístas afirmaban la existencia de Dios, pero negaban que éste interviniese en los acontecimientos mundanos, los cuales resultarían explicables exclusivamente a través de la razón. Angustiado, se agenció una colección de sermones contra el deísmo, deseoso de encontrar en ellos argumentos que le reafirmasen en la fe de sus mayores. Pero lo que encontró fue justo lo contrario. Los argumentos de los deístas, expuestos en los sermones para ser refutados, le parecieron mucho más sólidos que sus refutaciones y, a partir de ese momento, se consideró a sí mismo un deísta.

Con quince años Franklin seguía una estrategia de lectura dialéctica a través de la cual se apropiaba del texto en cuanto lector, lo cual le permitía llegar a conclusiones en absoluto previstas por el autor. La lectura se convertía, de este modo, no en un mero instrumento de obtención de información, sino en una vía de discusión y de replanteamiento de los hechos.

En un tiempo en el que la “revolución de la información” está desembocando en una simplificación deliberada de los mensajes y en una entronización del lugar común como dogma incuestionable, la experiencia auto-formativa completada por Benjamin Franklin en el siglo XVIII nos invita a redescubrir el verdadero poder de la lectura y de la escritura.

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