“España mierda”

Decía Charles de Gaulle que el patriotismo consiste en amar a la propia patria, mientras que el nacionalismo consiste en odiar a las patrias de los demás. Si el general francés hubiese conocido en profundidad la cultura española se habría visto obligado a añadir una tercera forma de relacionarse emocionalmente con el concepto de patria: la de quienes odian a la suya propia, pues éste y no otro es el sentimiento que predomina entre amplias capas de la sociedad española.

 

Este auto-odio, inencontrable en ninguna otra sociedad avanzada, constituye uno de los rasgos distintivos de la vida española actual. En ninguna otra parte del mundo se insulta más al nombre de la propia patria y se pasean más por el lodo los símbolos nacionales. En ninguna otra parte del mundo el mostrar desprecio hacia la propia cultura es considerado signo de “inteligencia” y “espíritu crítico”. En ninguna otra parte del mundo existen ciudadanos que tengan miedo a ser víctima de agresiones o amenazas por el mero hecho de llevar una camiseta de su selección de fútbol o de colgar la enseña nacional en el balcón de su casa. Antes bien, en todas las naciones civilizadas (menos en España) el respeto hacia la propia identidad y los símbolos nacionales es enseñado en las escuelas y considerado una muestra de civismo y urbanidad, del mismo modo que lo son el respeto hacia los padres o hacia los ancianos.

 

El auto-odio español tiene sus manifestaciones más espectaculares en los nacionalismos vasco y catalán que han volcado sobre la idea de España esa naturaleza intrínsecamente odiadora que De Gaulle atribuía a todo nacionalismo. Nacidos de la crisis de finales del siglo XIX –que en toda Europa tuvo consecuencias nacionalizadoras que en España no se dieron debido a la incapacidad de sus elites políticas e intelectuales- y rescatados de la muerte por la “genial” idea de los “padres de la Constitución de 1978” de concederles un monopolio absoluto sobre la educación, los medios de comunicación y los mecanismos de contratación de la administración pública, estos movimientos han logrado, en la práctica, convertir la identidad española en una subcultura marginada y proscrita en sus respectivas sociedades regionales.

 

Pero, a pesar de la gravedad de estos hechos, los nacionalistas vascos y catalanes no constituyen la manifestación más desazonadora del auto-odio español. Niegan la patria grande para afirmar sus patrias pequeñas en un error pueril, puesto que las partes no pueden existir sin el todo, pero no caen en el abismo espiritual de la ausencia de patria. Yo estoy convencido de que algún día, quizás muy pronto, será posible un replanteamiento de los hechos y las patrias pequeñas reconocerán que son inviables sin la grande, así como la grande asumirá que su fortaleza reside en la identidad y vitalidad de las pequeñas.

 

Aunque aparentemente sea menos problemático, resulta más descorazonador el odio anti-español que se da fuera del País Vasco o Cataluña. El que existe en Madrid, en Salamanca o en Sevilla. El que profesa el que odia a España para no afirmar nada a cambio. Este odio es expresión de un nihilismo detrás del cual sólo hay espacio para el páramo cultural y a través del mismo se canalizan todos los resentimientos. Detrás de cada pintada de “España mierda” hay un alma muy negra.

 

Digámoslo claramente: el odio anti-español nihilista es un morbo político de la izquierda. No de toda la izquierda, que posee entre sus filas a numerosos patriotas en el sentido degaulliano del término: gente que ama a su país sin odiar al del vecino. Pero sí de una cierta izquierda electoralmente al alza. Para esta izquierda el “finis hispaniae” se ha convertido en su único programa político: no les interesa otra cosa. Abandonada cualquier pretensión de transformación social o económica es lo único que les queda, la única “victoria” que creen posible. Cuando el 20 de diciembre de 2015 su líder mediático más visible salió a la plaza a festejar lo que él entendía como un buen resultado electoral no pidió un programa de rescate para las familias atrapadas por la crisis de las hipotecas inmobiliarias, no reivindicó un programa de empleo para los parados de larga duración, no planteó medidas de apoyo a los jóvenes precarios. Se limitó a exigir la celebración de un referéndum de autodeterminación en Cataluña.

 

Algunos de los partidarios de la izquierda auto-odiadora nihilista se justifican afirmando que no odian a España, sino a la “España actualmente existente”. Ellos querrían “otra España” que sintetizan en la bandera tricolor de la II República, que ha proliferado durante los últimos años en sus saraos callejeros. No soy un entusiasta de la tricolor, un invento de 1931 de dudosos valores estéticos y de evidente parecido con la enseña del Estado Libre de Fiume, pero estaría dispuesto a aceptarla si de verdad ello supusiera una reconciliación de la izquierda nihilista con la idea de España. El problema es que tengo motivos suficientes para creer que si mañana la tricolor fuese oficial los mismos que la ondean hoy en la calle no perderían ni cinco minutos en empezar a quemarla. Ya ocurrió en una ocasión.

 

En 1937 Marcel Rosenberg, embajador de la Unión Soviética ante la República española, pudo comprobar personalmente la conflictiva relación de los españoles con su identidad nacional:

 

Un día salimos a un parque en el que se entrenaban los milicianos. Éstos en seguida lo reconocieron y lo saludaron con el puño cerrado y gritando: “¡Viva Rusia!”. “¡Viva España!”, respondió él. Los hombres se echaron a reír: “¡Ése es el saludo fascista!”, le dijeron. “Debería usted decir: ¡Viva la República!”. Pues “¡Viva la República!”, exclamó entonces. [Daniel Kowalsky, La Unión Soviética y la guerra civil española. Una revisión crítica, Crítica, Barcelona, 2004, p. 32].

Pero sin nación no puede haber República…

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