Yukio Mishima y el 68 de derechas

Durante los dos últimos años de su vida el escritor japonés Yukio Mishima desarrolló una intensa actividad política y metapolítica que dejó plasmada en diferentes folletos y ensayos cortos.

Lo esencial de esta producción no literaria de Mishima fue recogido en 2001 por la editorial La Esfera de los Libros en un cuidado volumen traducido por Martin Raskin Gutman y que contó con una brillante introducción a cargo de Isidro-Juan Palacios. En concreto, fueron cinco los escritos compendiados en esta bella edición: “Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis” (1969), “La Sociedad de los Escudos” (1968), “Introducción a la filosofía de la acción” (1970), “Mis últimos veinticinco años” (1970) y “Proclama del 25 de noviembre” (1970).

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Japón: de la modernización nacionalista a la americanización forzada

Para comprender estos escritos desgarrados resulta imprescindible conocer el contexto histórico en que fueron alumbrados. Japón había sido duramente derrotado por Estados Unidos en 1945, comenzando a partir de ese momento una ocupación militar que se prolongaría hasta 1952. Durante este período las autoridades estadounidenses pusieron en marcha un proceso de occidentalización y desmilitarización de la potencia asiática vencida, en aras de convertirla en una réplica sumisa del “American way of life”.

Ciertamente la occidentalización no constituía un elemento novedoso en la historia japonesa: ya durante el gobierno Meiji (1862-1912) el país había iniciado un intenso proceso de modernización, rompiendo con su pasado feudal e incorporando tecnologías e instituciones occidentales, lo cual le había permitido convertirse en la primera potencia económica y militar de Asia. No obstante, en el período Meiji había nacido también una tendencia nacionalista y militarista que utilizaba los rasgos esenciales de la tradición japonesa (como el “bushido”, el código de honor de los samuráis) como elementos de afirmación, tendencia ésta que se había acentuado a partir del inicio, en 1926, de la era Showa, con el acceso del emperador Hirohito al trono. Desde mediados del siglo XIX Japón deseaba poseer la tecnología y la fuerza de los cañones occidentales, pero conservando su identidad diferenciada y fuertemente enraizada en su tradición.

La derrota en la II Guerra Mundial y la subsiguiente ocupación estadounidense vinieron a poner fin a esta vía nacionalista a la modernidad. Las autoridades de ocupación y las élites japonesas que colaboraron con ellas erradicaron los elementos militaristas y heroicos de la cultura japonesa y potenciaron la conformación de una nueva identidad pacífica, consumista, individualista y materialista. El “milagro económico” experimentado a partir de la década de 1960, con Japón liderando las estadísticas mundiales de crecimiento, reforzó entre la población japonesa la idea de que estaban en el buen camino y el país de los samuráis, los kamikazes y las geishas pasó a ser un disciplinado rebaño esforzado en producir, consumir y aprender inglés.

Frente a este cambio cultural originado por la derrota, Mishima se alza como una voz solitaria en defensa del Japón tradicional. Defiende la integridad del idioma japonés frente a las políticas oficialistas que buscan simplificar su ortografía en aras de un mejor acomodo al mundo moderno. Llora por la americanización de su patria y por el abandono de las viejas virtudes aprendidas del “bushido” y antaño difundidas entre la juventud por el Ejército. Sueña con un Japón que renazca a partir de una revigorización de sus tradiciones y no como resultado de la mansa aceptación del nuevo orden internacional liderado por los anglosajones.

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Mishima en la Universidad de Tokyo, 1969

El movimiento juvenil japonés

En la década de 1960 la sociedad japonesa vive una “revolución juvenil” similar a la experimentada en los países occidentales en aquellos momentos. Japón posee su propio “movimiento del 68”.

El movimiento juvenil japonés es de tendencia filo-comunista y antimilitarista. Se opone al seguidismo que Japón realiza de la política exterior norteamericana y a la presencia militar estadounidense en la región pacífico – asiática. Es un movimiento que arrastra a una parte considerable de la juventud, sobre todo de la universitaria, y que en ocasiones puede desarrollar estrategias violentas. Su máxima expresión es la organización estudiantil Zengakuren.

Mishima sigue con el máximo interés la evolución de este movimiento juvenil, que le fascina y repele a partes iguales. Le fascina el dinamismo mostrado por el mismo, su propensión a la acción y, particularmente, a las acciones de riesgo y osadía. Pero le repele su antimilitarismo, su aceptación sumisa de la dictadura del “humanitarismo democrático” y su incapacidad para llevar el compromiso con la acción hasta las últimas consecuencias: los estudiantes rebeldes incendian barricadas en las calles y asaltan edificios públicos, pero siempre terminan rindiéndose cuando se ven rodeados por la policía.

El escritor adopta una posición pública crítica con el movimiento estudiantil y esto le vale ser considerado como la “bestia negra” por parte del mismo. En 1969 celebra un debate con alumnos de extrema izquierda en la Universidad de Tokyo que discurre por cauces relativamente ordenados, pese a la manifiesta hostilidad de los estudiantes.

Otro 68…

En 1968 Mishima crea su propio movimiento juvenil: la Tate no Kai (Sociedad de los Escudos). Se trata de un grupo reducidísimo de estudiantes universitarios (Mishima dice que sólo pueden ser unos cien porque él sufraga los gastos de su propio bolsillo) que comparten un espíritu patriótico y amante de la tradición japonesa. El grupo tiene una fuerte impronta paramilitar y, de hecho, Mishima consigue que sus integrantes sean admitidos para realizar prácticas de adiestramiento en el Ejército de Defensa.

El Ejército de Defensa es la fuerza militar que los norteamericanos han permitido tener a Japón tras su derrota en la 2ª Guerra Mundial. Se trata de una milicia con funciones limitadas. Mishima cree que sirve más para actuar en caso de catástrofe natural que para cumplir las funciones de un verdadero Ejército. Lo respeta, pero siente rabia por las limitaciones que sufre. Sueña con que Japón vuelva a tener un verdadero Ejército. Siguiendo la estela del nacionalismo militarista de las eras Meiji y Showa, considera al Ejército como la encarnación del “verdadero Japón”.

Los jóvenes del Tate no Kai sostienen unos valores antitéticos a los del Zengakuren: militarismo frente a antimilitarismo, tradicionalismo frente a comunismo, disciplina frente a rebeldía caótica… Sin embargo, ellos también expresan una específica forma de rebeldía juvenil. Son el otro lado de la impugnación que los jóvenes hacen del orden liberal – capitalista nacido de la victoria de los aliados en la II Guerra Mundial.

Junto al 68 oficial –de izquierdas- hay también un 68 alternativo o de derechas. Lo vemos claramente en Italia, con la aparición de iniciativas juveniles que fructificarían durante la década siguiente en una renovación cultural y política de la “destra”: la tercera posición, la relectura de Evola, el Campo Hobbit… Y, desde luego, en Japón, con Yukio Mishima y su Tate no Kai.

Bien es sabido cuál fue el fruto del 68 oficial: los otrora universitarios “rebeldes”, una vez que accedieron a posiciones de poder político a comienzos de la década de 1980, dejaron convenientemente aparcadas sus viejas reivindicaciones de igualdad socio-económica y pusieron en marcha el más brutal proceso de desregulación liberal acaecido durante la historia del capitalismo. El “otro 68”, el de derechas, fue demasiado débil y marginado como para obtener impacto alguno sobre el devenir de los hechos…

El 25 de noviembre de 1970 Mishima, al mando de un grupo de jóvenes del Tate no Kai, asaltó un cuartel del Ejército de Defensa en Tokio, secuestrando a su comandante en su despacho. El escritor se dirigió a los soldados y les arengó para que luchasen por la recuperación de un verdadero Ejército y por la dignidad nacional, pero no pudo terminar su discurso ante las burlas y abucheos de aquéllos. De regreso al despacho del comandante Mishima se suicidó siguiendo una antigua y dolorosa ceremonia samurái: el “seppuku”. No se trataba de un gesto desesperado, sino la culminación de un plan que llevaba cuidadosamente desarrollando durante años. El viejo código de honor de los samuráis afirmaba que “cuando se pierde el honor, es un alivio morir; la muerte no es sino un retiro seguro de la infamia”. Japón había perdido su honor y Mishima consideró que debía actuar en consecuencia.

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