El loco mundo de Gualtiero Jacopetti (I): “Mondo cane”

Creó un género cinematográfico. Escandalizó a los biempensantes mostrando los aspectos más lamentables de la condición humana a través de sus documentales irreverentes. Si en vez de haber filmado sus películas en los desprejuiciados años sesenta lo hubiera hecho en la actualidad, los modernos secuaces de la corrección política no habrían dudado en lapidarlo en la plaza pública. Y además era de derechas.

 

Maledetti toscani…

 

Gualtiero Jacopetti nació en 1919 en Barga, pueblo de la Toscana, región cuyos naturales son a menudo mirados con recelo en el resto de Italia por su sentido del humor sarcástico e hiriente.

 

Como otros muchos hombres de su generación, vio su juventud marcada por la II Guerra Mundial. Alistado inicialmente como voluntario en el Ejército mussoliniano, cambió de bando tras la invasión aliada de Sicilia y el sur de Italia, pasando a colaborar con los servicios de inteligencia estadounidenses. Con el tiempo, sus detractores le acusarían de haber sido un ardiente militante fascista con anterioridad a estos hechos, algo que siempre negaría, pero que no hubiera tenido nada de particular: no hubiera sido el primer fascista que logró salvar el pellejo haciendo “trabajitos especiales” para el Tío Sam.

 

Finalizada la guerra, comenzó a trabajar en los medios de comunicación, apadrinado por quien estaba llamado a ser el “capo dei capi” del periodismo italiano: Indro Montanelli. Escribió en revistas populares como “Oggi” o “Cronache”, colaboró en la realización del noticiario cinematográfico “La Settimana Incom” e incluso participó en el diseño de las campañas electorales de la Democracia Cristiana, contribuyendo en todas partes a desarrollar un estilo de comunicación juvenil y desenfadado, una especie de “nuevo periodismo a la italiana” que rompía abruptamente con la gravedad y la rigidez que habían caracterizado hasta entonces al mundo de la información.

 

En el periodismo italiano de los años cincuenta Jacopetti fue también el hombre de los escándalos. Fue condenado por “obscenidad” tras publicar unas fotografías subidas de tono de Sofia Loren y detenido, acusado del estupro de una adolescente menor de edad, feo asunto éste del que logró salir indemne contrayendo matrimonio con la víctima. Se dice que Fellini se inspiró en él para el personaje de Marcello Rubini en “La dolce vita”. La verdad es que respondía al estereotipo más clásico del reportero italiano: liante, donjuán y con fuentes informativas no siempre fiables… El tío perfecto con el que irse de copas una noche, pero al que nunca deberías prestarle las llaves del coche o pedirle que acompañase a tu novia a casa.

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Gualtiero Jacopetti a la caza de la noticia

El nacimiento del cine “mondo”

 

A finales de la década de 1950 Jacopetti se introdujo en el mundo del cine, colaborando con las películas “Europa di notte” (1959) e “Il mondo di notte” (1960). Ambas cintas estaban concebidas a modo de un “revista de variedades”: ofrecían una sucesión de espectáculos artístico – musicales rodados en algunos de los locales nocturnos más afamados del mundo. La idea era que el espectador se hiciese la ilusión de haber pasado una noche viajando por las principales capitales del orbe, visitando en cada una de ellas los locales de diversión más elegantes y exclusivos. El resultado final no resultaba particularmente excitante, pero para Jacopetti fue la gran revelación.

 

En vez de recorrer el mundo filmando estereotipados espectáculos de variedades llevados a cabo por artistas profesionales, ¿por qué no dedicarse a filmar a la gente normal y corriente y dejar que ésta fuera el verdadero “espectáculo”? Se trataría de intentar sorprenderlos en situaciones particularmente llamativas -divertidas, grotescas, irracionales, repulsivas, inquietantes, patéticas, a veces abiertamente violentas- con la finalidad de someter al espectador a una situación de constante sobresalto. Habría, además, que reunir escenas de lugares y culturas muy distintas entre sí –de los suburbios de las grandes ciudades occidentales, pero también de la sabana africana o del misterioso y lejano oriente- a fin de dotar al conjunto de un toque exótico y divulgativo. La intención de todo ello sería claramente sensacionalista: satisfacer la curiosidad y el morbo de espectadores ávidos de escenas “fuertes” que, por aquel entonces, no abundaban en el cine comercial, menos aún en la muy incipiente televisión. Por eso mismo, el tratamiento dado a las historias “verídicas” que se presentarían en la película no tendría que ser, necesariamente, riguroso. Al contrario, se podría manipular y distorsionar los hechos –a veces inventarlos lisa y llanamente- con la finalidad de hacerlos más atractivos para la audiencia, dentro de la más rigurosa filosofía del se non è vero, è ben trovato… Había nacido el cine “mondo”.

 

“Mondo cane”

 

Jacopetti consiguió venderle la idea a la productora Cineriz y con la ayuda de los directores Paolo Cavara y Franco Prosperi, se lanzó a recorrer los cinco continentes a la caza y captura de material audiovisual para incorporar a su película. Quienes le acompañaron aseguran que con él los rodajes eran casi más divertidos que las películas, con abundancia de toda clase de aventuras disparatadas y agradable compañía femenina. En 1962 el esfuerzo daba su fruto y se estrenaba “Mondo cane”.

 

El gran acierto de Jacopetti fue dotar a la película de una estructura coherente. “Mondo cane” no era una mera yuxtaposición de escenas curiosas o llamativas, sino que incorporaba también un mensaje de notable profundidad. Este mensaje resulta patente a lo largo de toda la narración: la vida del ser humano, independientemente de que viva en una moderna urbe de los Estados Unidos o que forme parte de una tribu nómada africana, es una “vida de perros”. Obligado a un esfuerzo constante en la lucha por la supervivencia o por la conquista del estatus social; rodeado de semejantes con los que sólo raramente puede establecer relaciones de amor o amistad y con los que, mucho más a menudo, compite o pelea; inmerso en medio de una Naturaleza hostil que él mismo se empeña en degradar con la vana esperanza de que ello le reporte una mejora en su “bienestar”; sumido en un mar de dudas acerca del verdadero propósito de la existencia; distraído en mil y una aficiones, pasatiempos y supersticiones a través de los que, vanamente, busca una respuesta…, el ser humano transcurre su breve existencia de una forma que difícilmente podría calificarse de “brillante” y cuando se despide del mundo tiene pocas cosas bellas que recordar.

 

Este duro planteamiento nos asalta ya, como una bofetada, en la impagable escena que acompaña los títulos de crédito. Un hombre camina mientras lleva a un perro atado por una correa. Pretende introducirlo en una perrera. Los canes que ya se encuentran presos en su interior “saludan” al recién llegado con atronadores e inquietantes ladridos. El pobre animal hace todo lo posible por resistirse: muerde la correa, se niega a caminar mientras lo arrastran, intenta entrelazar sus patas con los obstáculos que encuentra en el camino… Todo es inútil: hay un sitio reservado para él en la perrera. Hay pocas metáforas que resuman de una manera más clarividente cómo nos sentimos a menudo en nuestra vida social: estamos en sitios donde no queremos estar (el trabajo, la cena de empresa, el centro comercial…) pero donde nos han obligado a estar.

 “Mondo cane” fustiga las ideas de progreso y modernidad y es ajena al entusiasmo que, a comienzos de la década de 1960, se respiraba en las sociedades occidentales en torno al crecimiento económico y la conquista de cotas crecientes de bienestar material. El desarrollo tecnológico no ha servido para que los occidentales tengan una experiencia de la vida más auténtica. Lo constatamos, por ejemplo, en una de sus escenas más brillantes: las vacaciones de un grupo de turistas estadounidenses en Hawái. Gente que ha estado trabajando duro todo el año en una oficina o detrás del mostrador de un comercio, se gasta su dinero en vivir una serie de experiencias casposas de quinta mano (bailes folklóricos, ceremonias “tradicionales” recreadas previo pago de su importe…), para cuando regresen a su vida cotidiana de trabajo, casa y televisión, poder contar a sus vecinos –y poder contarse a sí mismos- que han hecho “algo”.

 

Pero no salen mucho mejor paradas las civilizaciones que se han mantenido al margen del progreso occidental. “Mondo cane” no busca ridiculizar al superfluo y consumista occidental en contraposición al “buen salvaje” africano o polinesio, sino que más bien subraya que ambos, en sus respectivos ámbitos de actuación, son dignos de conmiseración. Así, la escena final de la película describe el “culto del cargo”, una práctica pseudo-religiosa que ha llevado a los aborígenes de Australia y Nueva Guinea a creer que lograrán salir de la miseria gracias a los modernos aviones que surcan los cielos, que conciben como “regalos” enviados por los dioses y para los cuales preparan rudimentarios “aeropuertos”, en la esperanza de que un día alguno de ellos aterrice en sus territorios, cargado de riquezas. Las imágenes finales, con los aborígenes sumidos en una espera que, por definición, está destinada a no ser satisfecha nunca, queda como otra punzante metáfora del triste sino de la condición humana.

 

Para atemperar un mensaje tan inquietante y pesimista, Jacopetti dotó a la película de un tono deliberadamente humorístico e irónico, muy en la línea de la inveterada mala leche de los toscanos, obligando al espectador a reír aunque tenga motivos –y a veces ganas- de llorar.

 

Un planteamiento anti-humanista

 

El planteamiento de “Mondo cane” enlaza con una tradición recurrente dentro de algunas culturas de la derecha: el anti-humanismo reaccionario. Frente al principio renacentista de que “el hombre es la medida de todas las cosas”, la constatación, a través de la observación concienzuda de la Naturaleza, de que el hombre “no es gran cosa”. Su existencia es breve y transcurre sumida entre penas y zozobras; los vicios arraigan en él con gran facilidad, a pesar de los esfuerzos de padres y maestros por educarle; el error es consustancial a sus actuaciones; por mucho que se esfuerce en conocer, siempre será más lo que ignore…

 

Para evitar dejarse arrastrar por los aspectos más lamentables y perniciosos de su condición el ser humano ha de reconocer humildemente su impotencia y someterse a “algo superior” y ese “algo superior”, inicialmente, sólo podía ser el orden de Dios. Todos los planteamientos teocráticos comparten esa desconfianza hacia la naturaleza humana. Con la aparición de los movimientos secularizadores de los siglos XVIII y XIX fueron muchos los que se lanzaron a buscar sustitutos a la idea de Dios: la Tradición, el Pueblo, la Nación, el Estado… En todos los casos, se trataba de encontrar un orden superior a lo meramente humano que confiriese a éste el sentido del que, por sí mismo, carecía.

 

¿Pero qué ocurre cuando se ha perdido la fe religiosa y no se ha sido capaz de sustituir ésta por ningún sucedáneo? ¿Qué ocurre cuando el “desencantamiento del mundo” ha sido completo? Entonces, lo más probable es caer en un nihilismo anti-humanista como el que constatamos en el cine de Jacopetti.

 

Hay una obra con la que “Mondo cane” tiene importantes puntos en común: Los viajes de Gulliver (1726), de Johathan Swift. Erróneamente presentada como una “novela de aventuras” para lectores jóvenes, la obra de Swift es, en realidad, una amarga sátira de la política y la sociedad de su tiempo. El náufrago Gulliver visita varias civilizaciones fantásticas, conociendo sus costumbres y tradiciones, y a través de sus experiencias y constataciones pone de relieve el carácter intrínsecamente corrupto de la naturaleza humana.

 

Al igual que le ocurriría más tarde a Jacopetti, Swift carecía de la apoyatura moral de la religión –pese a su condición de clérigo-, y no confiaba en que ningún credo político pudiese redimir a la humanidad de sus miserias. Cuando uno se sienta ante la descarnada realidad de lo humano sin muletas mentales de ningún tipo lo único que queda es la crítica y la amargura.

 

“Mondo cane 2”

 

El extraordinario éxito obtenido por “Mondo cane” en las taquillas llevó a la Cineriz a aprovechar el filón y, de este modo, en 1963 aparecía “Mondo cane 2”, realizada básicamente con material que había sido descartado de la primera película.

 

A pesar de esta concepción marcadamente oportunista, la película no desmerece a su predecesora, aunque tampoco aporta nada nuevo. Vuelven a aparecer los temas predilectos de la primera película, como los actos de crueldad contra los animales (verdaderos exorcismos a través de los cuales los humanos intentamos liberarnos del sentimiento de insignificancia que nos es inherente) o la crítica a la sociedad de consumo (con joyeros que diseñan collares de piedras preciosas para perros y con nuevas catervas de turistas haciendo el ridículo en Hawái).

 

Especial protagonismo adquieren en esta segunda parte las costumbres tradicionales de los pueblos del sur de Europa (del “Meridione” italiano, pero también de Portugal y, fugazmente, España), todo un catálogo de rituales pseudo-religiosos que a menudo degeneran en violencia y masoquismo.

 

El broche final es, en esta ocasión, para una divertidísima escena en la que un estirado divo de la música clásica presenta ante un circunspecto auditorio su innovadora forma de interpretar las piezas: abofeteando con fuerza las mejillas de un grupo de operarios que permanecen resignados en medio del escenario. El rostro digno de conmiseración de estos pobres instrumentos humanos, cuya existencia consiste en poner una y otra vez “la otra mejilla”, nos despide con un nuevo guiño, divertido, pero amargo, a este verdadero mundo de perros.

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