El general que salía por la tele

Charles de Gaulle escribió dos libros de memorias, algo esperable de alguien que se concebía a sí mismo como un líder carismático llamado por el Destino a salvar a su país, a Francia, del desastre y la decadencia.

El primero de ellos, Memorias de guerra, se publicó entre 1954 y 1959 y en él expuso su papel en la II Guerra Mundial como líder de la “Francia Libre”. El segundo, Memorias de esperanza, estaba llamado a ser un relato del período de 1958 a 1969, durante el cual ocupó las máximas responsabilidades políticas del Estado francés, y finalmente se publicó en 1970, incompleto, debido al fallecimiento de su autor.

De carácter abiertamente autojustificativas y redactadas con un estilo sobrio, huérfano de anécdotas y de detalles sabrosos, las Memorias de esperanza siempre han tenido un recorrido editorial más limitado que las Memorias de guerra, algo a lo que también ha contribuido su carácter de “opera incompiuta”. Es significativo que mientras las Memorias de guerra son reeditadas periódicamente en España, las Memorias de esperanza, si mis datos no fallan –y pueden fallar-, sólo han disfrutado de una edición en nuestro país: una realizada por editorial Taurus en el mismo año de 1970 y que logré agenciarme recientemente gracias a la inestimable ayuda de Librería Boteros.

A pesar de su limitada fortuna editorial, las Memorias de esperanza constituyen un documento de primer orden a la hora de entender qué fue ese proyecto de renovación de la vida francesa que ha terminado ocupando un lugar propio en el catálogo de las ideas políticas bajo el nombre de “gaullismo”.

La crítica a la partitocracia

El planteamiento gaullista nace de una visión muy crítica del papel desempeñado por los partidos políticos. Los sistemas democráticos modernos han incurrido en un terrible error: considerar que los partidos políticos son la expresión genuina de la soberanía y que, por lo tanto, constituyen el instrumento idóneo para el ejercicio de la misma.

“Y, si bien yo estaba convencido de que la soberanía pertenece al pueblo, siempre que éste se exprese directamente y en conjunto, no admitía que dicha soberanía pudiese trocearse ante los diferentes intereses representados por los partidos.” (tomo I, pág. 14).

Para De Gaulle la partitocracia era un problema de “longue durée” en la historia de Francia. Opinaba que desde la derrota de Napoleón en Waterloo las instituciones francesas habían carecido de continuidad debido a la lucha constante entre las facciones. En especial, la III República Francesa (1870– 1940) había exacerbado dicha problemática. Con un poder ejecutivo débil, sometido a los periódicos cambios de humor del Parlamento, y con un sistema electoral proporcional, que garantizaba una amplia diversidad de nichos políticos y banderías en el hemiciclo, el régimen republicano había transcurrido como una sucesión interminable de gobiernos efímeros incapaces de dotar a la nación de un rumbo sólido. Los resultados habían sido una victoria pírrica en 1918 y una “extraña derrota” en 1940.

Finalizada la II Guerra Mundial, De Gaulle quiso utilizar su prestigio como líder de la Resistencia anti-alemana para enderezar el rumbo político de Francia, abogando por una nueva Constitución en la que se reforzase el papel del poder ejecutivo. Sin embargo, la decidida oposición de los partidos políticos, nada dispuestos a auto-limitar su influencia, frustró esta propuesta. La Constitución de la IV República Francesa (1946-1958) volvió a reeditar los vicios de la III República, con un poder ejecutivo genuflexo ante las maniobras de los jabalíes del Parlamento. De Gaulle se retiró a sus “cuarteles de invierno”, apartándose de toda actividad pública, pero convencido de que más pronto que tarde el sistema entraría en un grave crisis que le proporcionaría una nueva oportunidad.

La oportunidad

Y la crisis llegó finalmente el 31 de mayo 1958. Ese día la IV República murió por consunción. El Ejército se había sublevado en Argelia, descontento por cómo los políticos estaban gestionando la guerra que se libraba contra los independentistas de aquel país desde 1954. Junto con la de Argelia, las demandas de independencia llovían desde los cuatro rincones de lo que todavía era el Imperio Francés. Se corría el riesgo de repetir el drama vivido entre 1946 y 1954 en Indochina, donde la guerrilla del Viet-Minh había vapuleado al Ejército francés.

A la tensa situación exterior, había que unir una preocupante crisis económica interior. Los aumentos salariales concedidos durante la década de 1950 para aplacar las presiones sindicales no habían ido acompañados de ganancias significativas en la productividad de la economía, por lo que habían generado un ciclo inflacionista que había anulado el impacto de los propios aumentos de salario –los trabajadores ganaban más pero podían comprar menos cosas- y había colocado a Francia al borde del impago de sus compromisos financieros internacionales.

Ante la reiterada impotencia mostrada por los partidos políticos para afrontar esta situación –ni siquiera eran capaces de formar un gobierno, sumidos como estaban en sus rencillas de bajos vuelos-, el Presidente de la República, René Coty, tuvo que reconocer que no había más remedio que llamar a De Gaulle. El 1 de junio la Asamblea Nacional, con nulo entusiasmo, le investía como Presidente del Consejo. Previamente, el general había impuesto sus condiciones: gobernaría con plenos poderes durante seis meses y tendría las manos libres para elaborar una nueva Constitución. Había llegado el momento De Gaulle.

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“Monsieur Spock” contra la partitocracia

Tratamiento de choque

Tenía 68 años, pero por sus venas corría la energía dinámica de aquel que se hace cargo de una tarea para la que se ha estado preparando toda la vida. En apenas cuatro meses ya había sido redactada y aprobada en referéndum la nueva Constitución, que daba carta de naturaleza a la V República Francesa y que suponía un giro significativo, ahora sí, en la historia política contemporánea del país.

La arquitectura del nuevo sistema político se basaba en una Presidencia de la República fuerte, con amplios poderes ejecutivos y extensas capacidades de intervención en situaciones de emergencia. El Primer Ministro quedaba encargado de conducir la acción política del Gobierno, pero era nombrado por el Presidente de la República y, en las cuestiones determinantes, sólo podía actuar de acuerdo con sus directrices.

El Parlamento ejercía el poder legislativo, pero se definían cuidadosamente sus funciones para evitar que se convirtiera en un agente saboteador de la labor del Gobierno, como había ocurrido durante las III y IV Repúblicas. En especial, se descartaba la representación proporcional, la que más alimenta las rivalidades entre partidos, y se la sustituía por una elección uninominal de los parlamentarios a doble vuelta.

“…era preciso instituir un régimen que, respetando nuestras libertades, fuese capaz de acción y responsabilidad.” (tomo I, pág. 43).

La misma energía empleada en la resolución de la cuestión constitucional, mostró De Gaulle para afrontar el resto de problemas que atenazaban a Francia. Puso fin a las veleidades pretorianas del Ejército, actuando con contundencia pero, al mismo tiempo, con empatía hacia quienes habían asumido la difícil tarea de defender a Francia fuera de sus fronteras –puño de hierro en guante de seda. Encaminó a las colonias francesas hacia la independencia de manera pacífica, estableciendo al mismo tiempo con la mayoría de ellas una intrincada red de relaciones diplomáticas, culturales y económicas que aseguraron a Francia la conservación de buena parte de los beneficios del antiguo Imperio, sin tener que asumir la mayoría de sus costes. Solucionó el “avispero” de Argelia de la única manera que podía ser solucionado: mediante la independencia argelina. Para De Gaulle fue duro abandonar un territorio que muchos franceses consideraban como parte de su patria. Pero comprendió que el sueño de la “Argelia francesa” resultaba inviable: ni la mayoría musulmana del país estaba dispuesta a ser “francesa”, ni en el nuevo equilibrio internacional surgido de la II Guerra Mundial las grandes potencias –Estados Unidos y la Unión Soviética- iban a permitir que Francia conservase un territorio tan extenso en el norte de África. Gobernar es, sobre todo, tomar decisiones difíciles.

De Gaulle afrontó, en fin, los problemas estructurales de la economía mediante un Plan de Estabilización –idéntico al que, en aquellos mismos momentos, estaban poniendo en marcha en España López Rodó y Navarro Rubio- que saneó las finanzas francesas y que, al igual que ocurrió en el caso español, constituyó la base de una expansión económica sin precedentes a lo largo de la década de 1960.

Contra el “feudalismo” de la vieja política

Pero había un aspecto de la nueva Constitución de 1958 con el que De Gaulle no terminaba de estar satisfecho: el Presidente de la República no era elegido por los ciudadanos mediante sufragio directo, sino a través de un colegio de 80.000 electores, procedimiento a través del cual él mismo fue elegido en diciembre de 1958. De Gaulle consideraba que su modelo de una Jefatura del Estado fuerte no estaría plenamente consolidado hasta que la Presidencia de la República no fuese expresión directa del voto popular.

De modo que en 1962, aprovechando el alivio que entre la población francesa había producido la finalización de la crisis argelina, dio un golpe de mano y convocó un referéndum sorpresa para reformar la Constitución, introduciendo en la misma la elección directa del Presidente de la República. La campaña referendaria tuvo tintes épicos, con los partidos políticos y la mayor parte de la prensa formando un único bloque a favor del “no” y acusando al general de querer convertirse en un “dictador”; pero a pesar de todas las presiones el “sí” obtuvo una victoria holgada: más del 60% de los votos. Al igual que había hecho Franklin Delano Roosevelt durante la “Gran Depresión”, De Gaulle podía decir: “todo el mundo está contra mí, menos los electores…”

Para De Gaulle, entre los siglos XIX y XX la política francesa había degenerado en una suerte de “feudalismo” en el que los distintos “feudos” –partidos políticos, sindicatos, prensa, intereses económicos…- generaban una permanente dinámica centrífuga. El papel de la V República debía ser imponer el interés nacional de Francia y el colectivo de los franceses por encima de esa dispersión de intereses particulares enfrentados.

Para llevar a la práctica sus planes, De Gaulle recurrió a un liderazgo carismático. Se dirigía directamente a los franceses mediante un uso innovador y dinámico de la televisión, presentándose como el “gran líder” de la patria, el hombre que la había salvado en el trance difícil de la II Guerra Mundial y que ahora estaba dispuesto a enderezar su rumbo. También recurrió a una estrategia plebiscitaria, venciendo la oposición de los partidos políticos a través de referendums que le permitían conectar directamente con el electorado.

La idea fundamental era que el Gobierno dejase de ser un barco a la deriva, merced a los vendavales desatados por los partidos políticos en el Parlamento. Éste votaría leyes, pero dejaría de ser la fuente de la que emanase la acción del Gobierno, la cual debería estar cada vez más guiada por “la primacía de las consideraciones técnicas y la uniformidad y disciplina en las opiniones” (tomo I, pág. 321).

Una adenda para Italia

Durante la década de 1990, la Alianza Nacional, el partido que sucedió al antiguo Movimiento Social Italiano y que, durante algún tiempo, fue la “gran esperanza blanca” de la derecha social europea, citó en diferentes ocasiones al gaullismo como una de sus fuentes de inspiración ideológica.

Para muchos se trató de una pirueta forzada destinada a hacer olvidar los marcados antecedentes neo-fascistas que poseía dicha organización. Sin embargo, a la luz de lo que hemos visto, la motivación de tal inspiración resulta clara. Italia había sido desde el final de la II Guerra Mundial un país lastrado por un ejecutivo raquítico y un sistema electoral fortísimamente proporcional que generaba una fragmentación extrema del mapa político. La Alianza Nacional trabajó, en coalición con otras fuerzas de la derecha para propiciar una reforma constitucional que otorgase al sistema político italiano mayor solidez y racionalidad. Aquello no salió bien. Es otra historia que pretendemos contar otro día.

Otra adenda para España

Intentar proyectar estas cuestiones hacia la realidad española actual es un ejercicio de melancolía… o de desesperación. Con un Jefe de Estado cuya principal función consiste en felicitarnos las Pascuas y un Gobierno sometido a la extorsión anual de los naciona-listos de turno para poder aprobar los Presupuestos Generales del Estado, resulta evidente que nuestro país es un ejemplo patente de lo que De Gaulle llamaba “feudalismo”. ¿Tiene esto solución?

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