El loco mundo de Gualtiero Jacopetti (II): “La donna nel mondo”

El éxito de taquilla de “Mondo cane” y “Mondo cane 2” provocó un fenómeno de imitación. Compañías productoras independientes de Italia, Alemania o Estados Unidos comenzaron a lanzar sus propias películas “mondo”, a imagen y semejanza de las originales. Así, en el mismo año de 1963, de forma independiente a Jacopetti y la Cineriz, aparecía “Mondo nudo” (“Mundo desnudo”), cuyos argumentos para atraer público a las salas resultaban tan antiguos como Adán y Eva. Y durante los años sucesivos llegarían muchas otras. Había nacido un verdadero género cinematográfico, al que los anglosajones se aprestaron en llamar “shockumentaries” (documentales “shock”).

Un “mondo” de mujeres

Los padres del invento no podían quedarse fuera del negocio ahora que el mismo estaba funcionando, por lo que estaba claro que Jacopetti y su “troupe” no iban a tardar mucho en volver a subirse a los aviones de la “Scandinavian Airlines System” –la aerolínea que patrocinaba sus películas- y a retomar su labor de antropólogos políticamente incorrectos, recorriendo mundo a la caza y captura de imágenes chocantes.

Fue así como nació “La donna nel mondo” (1963) (“Mujeres del mundo”). Rodada a marchas forzadas durante el mismo año de 1963 –probablemente para evitar que la competencia se les adelantase con otras películas “mondo”-, la nueva entrega de la serie venía a repetir el esquema que tan bien había funcionado en los dos episodios anteriores: producción a cargo de la Cineriz; Gualtiero Jacopetti como cerebro pensante, con Paolo Cavara y Francesco Prosperi apoyándole como co-directores; música a cargo de los siempre eficaces Nino Oliviero y Riz Ortolani… La gran diferencia era que ahora se estrechaba el ámbito temático. Mientras que “Mondo cane” y “Mondo cane 2” habían retratado en clave burlesca el sinsentido de la experiencia humana sin reparar en distinciones de sexo, edad o nacionalidad, “La donna nel mondo” se centraba en realizar un divertido recorrido por el sinsentido de la experiencia femenina de lo humano. Se trataba, por tanto, de un “mondo” de mujeres.

Reírse de la sociedad unisex

En realidad, Jacopetti aprovechó la ocasión para reírse un poco de uno de los mitos predilectos de la modernidad: el feminismo o, lo que es lo mismo, el proyecto de construir una sociedad unisex donde hombres y mujeres sirvan como piezas perfectamente intercambiables entre sí tanto a la hora de trabajar como a la de consumir, situación ésta que los ideólogos de la modernidad vienen a considerar como la quintaesencia de la racionalidad, la eficiencia y el beneficio.

Frente a la ingeniería social que pretende convertirnos a todos en machihembrados –mujeres masculinizadas u hombres feminizados- Jacopetti nos muestra que la Naturaleza es tozuda y se empeña en aparecer impertinente cuando menos se la espera. Una de las grandes diferencias entre los que somos de derechas y los liberales es que nosotros amamos la Naturaleza. Consideramos que la Naturaleza está razonablemente bien hecha y nos gusta que la realidad se amolde, en la medida de lo posible, al orden diseñado por la misma. Nos gustan los hombres que se comportan como hombres y las mujeres que se comportan como mujeres. El río que es río y el bosque que es bosque. Por el contrario, el liberal concibe a la Naturaleza como un adversario al que hay que derrotar. Al liberal le gusta la mujer que trabaja como un hombre y el hombre que consume como una mujer. El río que es central hidroeléctrica y el bosque convertido en industria papelera.

Mujeres soldado y clubes de lesbianas

Partiendo de estas premisas, Jacopetti realiza un recorrido lleno de socarronería por algunas de las manifestaciones más llamativas de la sociedad unisex que se estaban produciendo a comienzos de la década de 1960.

Así, la película comienza con un capítulo dedicado al entrenamiento que recibe un batallón de mujeres soldado del ejército israelí. A pesar de los esfuerzos de sus instructoras, estas intrépidas “legionarias” mantienen una actitud de lo menos marcial y soldadesca, que es subrayada por la jocosa banda sonora de Oliviero y Ortolani. Cuando las jefas no miran, le sacan la lengua a la cámara o se repasan el peinado mirándose en un espejito. La Naturaleza, siempre tan inoportuna.

Otra parada divertida se produce en los clubes nocturnos de lesbianas en París, donde camioneras, boxeadoras y jugadoras de fútbol compiten entre sí por lograr la peor imitación posible de un hombre. Sin solución de continuidad, Jacopetti nos introduce en sus homólogos masculinos: las “boîtes” de mancebos manfloritas, donde el pelo en el pecho compite con el movimiento de caderas. El narrador no se corta a la hora de opinar que todo este ambiente le parece “patético”.

El peso de parecer una mujer

Pero la obligación de adaptarse a los paradigmas de la sociedad unisex no es la única carga que la modernidad ha impuesto a las mujeres. Del mismo modo que las culturas tradicionales contienen rituales irracionales –como “Mondo cane” y “Mondo cane 2” ponían de relieve-, la modernidad ha desarrollado también sus propios ritos en los cuales encontramos elementos de violencia muy similares a los que se dan entre los yanomamis o los bantúes.

Muchos de estos ritos tienen que ver con la explotación del cuerpo de las mujeres y Jacopetti no deja pasar la ocasión para hacerlo notar. Las chicas jóvenes que hacen el ridículo paseando medios desnudas por Cannes y Hollywood, con la vana esperanza de convertirse algún día en “estrellas”, o las prostitutas de la “Reeperbahn” de Hamburgo que se exhiben desde las ventanas de los burdeles como si fueran monos de feria ejemplifican los padecimientos que “ser modernas” conllevan para muchas mujeres.

Un capítulo aparte merece el mundo de la llamada “industria de la belleza femenina”, un conjunto de técnicas de auto-agresión rayanas en el masoquismo. Amas de casa japonesas que se someten a operaciones de cirugía plástica para parecer “occidentales” o un innovador tratamiento desarrollado en exclusivas clínicas suizas consistente en quemarse la piel para “regenerarla” –esto último, un “fake” característico del cine “mondo”- protagonizan esta fase de la película.

“La mamma è sempre la mamma”

Con todo, “La donna nel mondo” es una película bastante menos cruel, cínica y nihilista de lo que habían sido “Mondo cane” y “Mondo cane 2”. Se diría que Jacopetti, llevado por un afán caballeresco, no quiso hacer demasiada sangre con el “sexo débil”.

Esto se manifiesta, sobre todo, en el tramo final de la película, que es una apasionada defensa de la familia y de la maternidad. Las caras de derrota y tristeza de los hombres y mujeres que aguardan su turno frente a un juzgado de Las Vegas para divorciarse sirven como “aviso” para sociedades como la italiana que, hacia 1963, aún se mantenían fieles a la indisolubilidad del vínculo matrimonial.

La historia de la señora Vandeput, una mujer belga que asesinó a su hija porque no podía soportar que ésta hubiese nacido con los brazos atrofiados como consecuencia de la talidomida, introduce el tema del amor materno. La señora Vandeput y su marido –que había cooperado en el crimen- fueron absueltos por los tribunales de Bélgica, algo esperable dado el “peculiar” sentido de la justicia que rige en ese país. El equipo de “La donna nel mondo” sigue a la señora Vandeput un domingo, mientras asiste a un espectáculo intrascendente, y se pregunta si su vida actual es más satisfactoria que la que hubiera tenido si hubiera decidido cuidar a su hija discapacitada. Al mismo tiempo, diferentes madres cuyos hijos han sufrido la misma discapacidad que la hija de la señora Vandeput son entrevistadas y manifiestan su amor incondicional por sus vástagos.

Esto entronca con el apoteósico final de la película. Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, Francia. Ochocientas madres acuden junto a sus hijos enfermos y discapacitados. Ya se sabe que a Lourdes no se va buscando un milagro, pero… ¿y si ocurre? Podría haber sido el momento adecuado para establecer una semejanza con los polinesios del “culto del cargo” en “Mondo cane”, que esperaban en vano el aterrizaje de un avión que los sacase de la miseria, pero ni siquiera un tipo con tan pocos escrúpulos como Jacopetti podía asestar un golpe tan bajo. En su lugar, opta por una alabanza entusiasta y esperanzada al amor materno: “Rezan, pero en sus rezos no piden nada para ellas mismas; sólo piden una pequeña ayuda para sus hijos. A cambio, prometen dar, dar y seguir dando…, sin darse cuenta de que ya lo han dado todo”. “La mamma è sempre la mamma”.

 

Ver también: El loco mundo de Gualtiero Jacopetti (I): “Mondo cane”.

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