¿Puede España acoger a toda la juventud africana?

En España si pones en duda que los jóvenes de África tengan un derecho ilimitado a asentarse dentro de nuestras fronteras, sin controles ni averiguaciones previas de ningún tipo, los medios de comunicación te acusarán de ser un “peligroso ultraderechista”.

Si fueran consecuentes, los medios de comunicación españoles deberían concluir que un país como Canadá está actualmente gobernado por la “ultraderecha”. Su primer ministro, Justin Trudeau, el hombre de los calcetines horteras, sería en realidad un “ultraderechista” de tomo y lomo. Sus fotografías pastelosas disfrutando como loco en el desfile del orgullo gay constituirían, en realidad, una burda maniobra de distracción para ocultar a la opinión pública un alma negra como el carbón, envilecida a base de lecturas clandestinas de las Reflexiones sobre la revolución en Francia de Edmund Burke y demás literatura fachosa. No es para menos: Canadá practica una política de inmigración que se fundamenta en una cuidadosa selección previa de aquellos a quienes autoriza a asentarse en su territorio. Tiene incluso la desfachatez de exigirles un determinado nivel de cualificación profesional y de imponerles permisos de trabajo que les impiden desarrollar sus actividades laborales en aquellos sectores donde la necesidad de trabajadores puede ser cubierta mediante el recurso a canadienses. Si alguien plantease la adopción de una política parecida en España sería inmediatamente sometido a “lapidación pública” por parte de los medios de comunicación españoles.

 

TRUDEAU
Parece simpático, pero no dejes que te engañe: es un “peligroso ultraderechista”…

 

No obstante, de vez en cuando, muy de vez en cuando, se cuela en la prensa escrita algún artículo que viene a poner en duda que España esté en condiciones de ejercer una solidaridad ilimitada con todos los parias que en el mundo son. A veces, se deslizan cinco centímetros cúbicos de sentido común y responsabilidad que ponen el contrapunto al torrente de buenrollismo disparatado que todo lo domina cuando en España se habla de inmigración. Son tan pocos estos artículos que suelo guardarlos, del mismo modo que se guardan las conchas raras que uno se encuentra caminando por la playa.

Del “Informe Verstrynge”…

La primera vez que encontré un artículo cuestionando la política de puertas abiertas en un medio de comunicación español fue en 2007, en una revista marxista llamada El Viejo Topo, cuyos lectores eran básicamente votantes de Izquierda Unida con un alto nivel cultural. (Sí, por aquel entonces había gente de alto nivel cultural que votaba a Izquierda Unida, puedo dar fe de ello). Sé que todo esto parece surrealista, pero es cierto.

El autor principal de dicho artículo era Jorge Verstrynge, personaje por el que experimento verdadera fascinación desde que una vez, durante mi infancia, me lo crucé en la calle Sierpes de Sevilla. Todo en su biografía ha sido excesivo. Desde su fulgurante carrera como delfín abortado de Fraga en la gloriosa AP hasta sus actuales apariciones televisivas cómico-podemitas, pasando por una etapa intermedia en la que intentó hacer carrera en el PSOE de la mano de Alfonso Guerra.  Hay quien dice que es un chaquetero, pero yo creo que siempre ha sido el mismo y siempre ha pensado lo mismo. Las que han ido cambiando han sido las organizaciones que él ha utilizado para desarrollar sus objetivos. En la España reciente pocos han logrado “cabalgar el tigre” como él.

El artículo en cuestión se llamaba “Inmigración, capitalismo, proteccionismo e identidad: el caso español” y del mismo eran co-autores Gema Sánchez Medero y Rubén Sánchez Medero. De una forma un tanto pomposa se le conoció como el “Informe Verstrynge”.

En él se negaba uno de los mantras más repetidos por los partidarios de la política de puertas abiertas: el de que los inmigrantes no compiten en el mercado laboral con los españoles por realizar trabajos que éstos “no quieren hacer”. Los autores sostenían que lo ocurre más bien es que los españoles no quieren realizar determinados trabajos no cualificados porque están mal pagados y esos trabajos se mantienen con salarios muy bajos gracias a que hay inmigrantes dispuestos a desempeñarlos. Si no hubiese inmigrantes, los empresarios se verían obligados a pagar más a quienes realizan tales trabajos y entonces los españoles sí querrían hacerlos.

Los autores subrayaban que los empresarios y sus asociaciones corporativas se caracterizan por presionar a favor de políticas “de puertas abiertas”, dado que son ellos quienes obtienen un beneficio económico más inmediato del fenómeno inmigratorio. Lo que ya no les cuadraba tanto era que los sindicatos de trabajadores, UGT y CCOO, también se sumasen al consenso inmigracionista, pues de este modo estaban dañando objetivamente la posición económica de los sectores más vulnerables de la clase obrera española.

 

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¿Nos pagarán las pensiones?

 

…al “Informe Bardají”

Aquel viejo “Informe Verstrynge” de El Viejo Topo ha vuelto a mi memoria porque hace pocos días se publicaba un trabajo con planteamientos muy similares por parte de un autor de ideas bastante diferentes de las de nuestro entrañable “cabalgador de tigres”. El artículo se titula “¿De verdad necesitamos más inmigración?” y apareció en la revista Actualidad Económica, que se distribuye como suplemento del diario El Mundo. Su autor es Rafael L. Bardají.

Aunque no tanto como Verstrynge, Bardají fue un personaje que me intrigó profundamente a comienzos de la década de 2000. Un español que se ganaba la vida como lobista neocon en Estados Unidos no era algo que se viese todos los días. Siempre he sentido curiosidad por las biografías excéntricas, algo que atribuyo a haber leído a Baroja a una edad excesivamente temprana. Ahora dicen que está colaborando con VOX, lo cual me parece bien: los partidos nuevos necesitan a gente formada.

En este nuevo artículo encontramos argumentos que ya estaban en el “Informe Verstrynge”. Los inmigrantes sí compiten con los trabajadores españoles, especialmente con los menos cualificados, cuyos salarios contribuyen a hundir. Además, no es cierto que vayan a salvar nuestro Estado de Bienestar, como repite la propaganda inmigracionista: sus contribuciones vía impuestos y consumo son muy bajas, mientras que el gasto que originan en servicios sociales, sanidad o educación es superior al generado por los españoles.

Pero, además, Bardají incorpora un aspecto que estaba ausente del trabajo de Verstrynge: la dimensión cultural. Frente a la visión liberal que considera el mundo como un inmenso mercado de trabajo y a los seres humanos como piezas reemplazables que pueden ser trasladadas de un país a otro en función de las necesidades sobrevenidas, debemos afirmar que los procesos migratorios a gran escala poseen repercusiones culturales y que éstas no siempre son agradables. La proliferación en las ciudades europeas de zonas no go, donde grupos de inmigrantes imponen de forma violenta subculturas en abierto conflicto con la cultura del país de acogida es un aviso que no debemos obviar.

Y entonces…

España debe implementar una política racional de inmigración que cree cauces predecibles y jurídicamente seguros para la inmigración legal y que reprima eficazmente a la ilegal. Dicha política debe basarse en unos criterios selectivos que primen la llegada de aquellos que, por su conocimiento del idioma o por el tipo de conocimientos y habilidades que aporten a la economía española, tengan mayores posibilidades de integrarse.

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