El loco mundo de Gualtiero Jacopetti (III): “Africa addio”

En 1964 Gualtiero Jacopetti le hizo ver a la productora Cineriz que ya estaba bien de producir películas baratas destinadas a explotar el éxito de taquilla de “Mondo cane” y que era el momento de ser ambiciosos, destinando más recursos y más tiempo de rodaje para una nueva película que aprovechase las múltiples posibilidades del género “mondo” que aún estaban por explorar. Su idea era programar un viaje de tres años por distintos países del África negra, recopilando material con el que montar un documental que mostrase los cambios que las sociedades africanas estaban experimentando como consecuencia de la descolonización. La Cineriz aceptó y fue así como nació “Africa addio”  (1966) (“Adiós África”).

Desde nuestra perspectiva actual nos puede parecer de locos que una pequeña productora de cine independiente italiana le pagase un viaje de tres años a unos “peliculeros” con la vaga promesa de que iban a regresar cargados de escenas excitantes que llenarían a rebosar las salas de cine. Pero es que en los años sesenta se funcionaba así. La década de los sesenta, y en parte también la de los setenta, fueron la edad de oro del reporterismo de viajes y de guerra. Las empresas de comunicación confiaban en tipos con sobresaliente “cum laude” en la asignatura de “mundología” y les daban carta de libertad para hacer lo que quisieran, y éstos -si conseguían regresar vivos- les recompensaban proporcionándoles esa clase de material por el que que público estaba dispuesto a pagar. Nada que ver con el previsible e hiper-burocratizado mundo del audiovisual de hoy en día.

Para la ocasión, Jacopetti volvió a contar con la colaboración de Francesco Prosperi, pero se cayó del equipo Paolo Cavara, quien decidió volar en solitario para dirigir su propia película “mondo”: la muy estimable “I malamondo” (1964).

África, sin blancos

El África que Jacopetti y Cavara visitaron entre 1964 y 1966 estaba experimentando fuertes convulsiones políticas, sociales y culturales. Las potencias imperialistas europeas, que a finales del siglo XIX habían culminado la colonización de la práctica totalidad del continente, lo estaban abandonando a marchas forzadas, concediendo a sus colonias la independencia de una manera desordenada. Por todo el continente florecía un pujante nacionalismo africano que reclamaba que África era “sólo para los negros” y que negaba que las pequeñas minorías de colonos blancos el derecho a permanecer en las tierras en las que, en muchos casos, habían nacido.

Los vencedores de la II Guerra Mundial –Estados Unidos y la Unión Soviética- fomentaban este nacionalismo antieuropeo, ansiosos de repartirse los frutos del mismo. Pero, al mismo tiempo, muchos gobernantes europeos veían con buenos ojos el súbito fin del África colonial, guiados por pragmáticos cálculos de intereses: desde el final de la segunda gran guerra se venía constatando que los costes económicos de la colonización estaban superando a los beneficios y liberar al contribuyente europeo de esta carga parecía una decisión acertada. Charles de Gaulle lo puso negro sobre blanco en sus Memorias de esperanza:

A medida que el progreso multiplicaba –allí como en todas partes- las necesidades [de los africanos], teníamos que sufragar en dilatadas comarcas unos gastos crecientes de administración, obras públicas, enseñanza, servicios sociales, cuidados sanitarios, seguridad; y al mismo tiempo veíamos cómo crecía entre esos súbditos nuestros una voluntad de emancipación  que les llevaba a considerar nuestro yugo pesado y hasta intolerable. (p. 50).

Por supuesto que ninguna de estas consideraciones era conocida para eso tan bobalicón que se llama la “opinión pública europea”, la cual contemplaba la descolonización africana extasiada por lo que consideraba una fiesta de la “liberación”, y los “derechos humanos”.

Adiós Europa, bienvenidos al caos

Pero con “Africa addio” Jacopetti y Prosperi vinieron a contar a la “opinión pública europea” una verdad incómoda para la que no estaba preparada. La descolonización de África no estaba siendo una “fiesta” de la “liberación” y los “derechos humanos”, sino que se asemejaba más bien a un infierno. A medida que los europeos se marchaban, los neonatos estados independientes africanos iban cayendo en manos de unas élites locales impreparadas, ignorantes, incultas y resentidas que no tardaban en desencadenar el caos.

En Kenia los Mau Mau que habían destripado a familias de colonos británicos enteras eran liberados de la cárcel y, como premio, se les entregaba en propiedad las tierras de las familias a las que habían asesinado. Pero como el arte de destripar a gente indefensa no implica necesariamente dominio alguno sobre la técnica de cultivar la tierra, ocurría que en poco tiempo lo que antes habían sido explotaciones agrarias boyantes pasaban a convertirse en lamentables eriales.

Una vez desencadenado, el resentimiento es muy difícil de frenar. De manera que, después de que los colonos blancos pusiesen pies en polvorosa, las nuevas élites africanas no tardaron en encontrar nuevos objetivos contra los que dirigir la frustración del pueblo. En Zanzíbar una revolución de inspiración comunista la tomó con la población de origen árabe, desatando una cruel matanza. El equipo de “Africa addio” fue el único que logró documentar esta masacre, mediante unas escalofriantes imágenes aéreas que nos muestran campos literalmente sembrados de cadáveres.

El África que amamos durante nuestra infancia ya no existe

Una buena parte de “Africa addio” está dedicada a documentar la destrucción de las riquezas naturales africanas y, especialmente, de su fauna. En las colonias británicas, las autoridades habían creado parques en los que las especies autóctonas eran rigurosamente protegidas de la caza abusiva. Pero tales parques quedan desprotegidos con la “liberación” africana. Inmensas reservas naturales quedan a merced de “cazadores” europeos que masacran a placer elefantes e hipopótamos.

Como todo lo malo se pega, también los africanos se apuntan ahora a esta forma incivilizada de “caza”. No se trata ya de la inteligente caza tradicional de los cazadores – recolectores, que matan a animales adultos para comerlos, pero respetan a las crías y a las hembras preñadas para que el día de mañana la tribu siga pudiendo comer carne. Sino que se trata de auténticas “razzias” barbáricas en las que arrasan con todo ser vivo que les sale al paso, destruyendo así los ecosistemas naturales.

Las escenas que dan testimonio de las matanzas de estos bellos animales, de gran dureza, constituyen el clímax de “Africa addio” y sirven de base para su mensaje principal. El África que aprendimos a amar en los libros de viajes y en las novelas de aventuras de nuestra infancia, el África que fascinó a Ernst Jünger durante su infancia y que le llevó a escaparse de casa con 18 años para alistarse en la legión extranjera francesa, ya no existe. Está siendo sistemáticamente destruida.

Piedra de escándalo

Las películas de Jacopetti nunca habían gozado del favor de la crítica “seria”. La sociedad italiana de los años sesenta se estaba polarizando en el plano político. La Democracia Cristiana conseguía mantenerse en el poder ganando una elección tras otra, pero en la Universidad y en el mundo de la creación artística el marxismo estaba generando una nueva hegemonía cultural. Para los rectores de esta ortodoxia cultural de izquierdas el cine “mondo” resultaba incómodo. La escasa empatía con el sufrimiento humano que mostraban “Mondo cane” y “Mondo cane 2” –fruto, como vimos, de un escepticismo casi nihilista- o el antifeminismo de “La donna nel mondo” molestaban. Si no se había desatado una campaña anti-Jacopetti era  porque, erróneamente, se le veía como un director meramente comercial, cuyas películas carecían de un verdadero “mensaje”.

Pero con “Africa addio” se rompió la tregua. Nada más ser estrenada, fue duramente atacada, tachándosela de “racista”. Se acusaba a Jacopetti de poner en duda la capacidad de la raza negra para “gobernarse a sí misma” y de mirar con nostalgia el colonialismo, justificando sus “injusticias” y “opresiones”.

El debate se agrió cuando surgieron acusaciones que apuntaban a que Jacopetti podría haber incurrido en prácticas “poco éticas” durante el rodaje. En concreto, los focos se pusieron sobre una escena rodada en el Congo en la que dos supuestos miembros de la guerrilla maoísta Simba eran ejecutados por las tropas gubernamentales. Se cuestionó que fuera moralmente aceptable mostrar al público la muerte de dos seres humanos e, incluso, hubo quien afirmó que el equipo de “Africa addio” había animado a los soldados a cometer las ejecuciones para así poder rodar una escena “impactante”. Jacopetti llegó a estar detenido y a ser investigado judicialmente, si bien al final se aceptaron sus explicaciones, en el sentido de que se había limitado a registrar con su cámara unos hechos que, de ninguna manera, hubiera podido impedir.

Como suele ocurrir, la polémica llenó de público las salas de cine pero, al mismo tiempo, situó a Jacopetti, irremediablemente, en el campo de los “malditos”. En varios países “Africa addio” se pasó censurada, desprovista de sus escenas más perturbadoras, y a menudo los estrenos fueron contestados por manifestantes furiosos que querían impedir la proyección de una película “racista”. Todo lo cual no es gran cosa, si tenemos en cuenta que se trata de una película que hoy, en 2018, nadie se habría atrevido ni siquiera a rodar.

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