El corazón aventurero de Ernst Jünger

Dos“corazones aventureros”

Ernst Jünger releía obsesivamente los libros que escribía, una vez éstos habían sido ya publicados, repasándolos, corrigiéndolos y, en algunos casos, dando a la imprenta nuevas versiones de los mismos. Es una práctica llamativa y no muy común entre los escritores. A muchos de ellos les cuesta incluso volver a leer sus propios libros una vez que quedan plasmados en letra impresa. Es como si se hubiesen vaciado al engendrar a sus criaturas y hubiesen alcanzado un punto en que ya no son materialmente capaces de hacer nada más por ellas.

Este hábito de reescribir su propia obra alcanzó su máxima expresión con El corazón aventurero, libro del que publicó dos versiones, tan diferentes entre sí que bien cabría hablar de dos libros distintos. La primera versión apareció en 1928 con el título de El corazón aventurero. Anotaciones del día y de la noche, mientras que a la segunda le llegaría el turno diez años más tarde, en 1938, bajo la denominación de El corazón aventurero. Figuras y caprichos. Las dos han sido publicadas en España por la editorial Tusquets, con traducción de Enrique Ocaña, a quien los jüngerianos hispano parlantes nunca podremos estar suficientemente agradecidos.

Puede decirse que El corazón aventurero pertenece al género de las obras misceláneas. Básicamente presenta al lector dos tipos de contenidos. Las “anotaciones del día” (rebautizadas como “fragmentos” en la segunda versión) son “chispazos de filosofía”, reflexiones muy condensadas en extensión, pero que alcanzan una enorme profundidad. Mientras que las “anotaciones de la noche” (que en la segunda versión pasaron a llamarse “caprichos”) son cuentos fantásticos en los que confluyen lo onírico, lo sorprendente y lo macabro y que, en muchos aspectos, anticipan el estilo de “realismo mágico” que muchos años más tarde consagrarían autores como Borges o Cortázar.

Entre ambas versiones hay una importante diferencia de madurez. La versión de 1928 es la obra de un joven enormemente idealista e impetuoso. Jünger tenía 33 años cuando la publicó, pero de algún modo era todavía aquel muchacho recién regresado de los campos de la muerte de la Primera Guerra Mundial que soñaba con que aquella hecatombe fuese la cuna de un “mundo nuevo”. Por su parte, la versión de 1928 es más una obra de madurez. Es la obra de alguien que no ha renunciado a sus ideales, pero que ha vivido lo suficiente como para observar la realidad con un mayor distanciamiento.

Esto se refleja también en el plano político. En la década de 1920 Jünger había militado en el movimiento luego conocido como “revolución conservadora” y de ello hay muchos ecos en su primer “corazón aventurero”: un virulentísima polémica anti-burguesa, un no disimulado desprecio por el movimiento socialista, un nacionalismo alemán de corte esencialista, una dura crítica –sin citarlas explícitamente- a las autoridades de la República de Weimar y al orden internacional implantado por los vencedores de la “gran guerra”…

Por el contrario, el Jünger de 1938 estaba fuertemente desencantado de la política. La “reacción alemana” no había dado lugar a una nueva era de sublimación de la espiritualidad, como él había esperado, sino que había concluido con la llegada al poder de un movimiento político –el nacionalsocialista- que explotaba cínicamente los peores instintos de la plebe.

Ello se traduce en un profundo replanteamiento político en su segundo “corazón aventurero”. El antiguo nacionalismo alemán deja paso ahora a una preocupación genuina por el destino del ser humano: los temas que antes eran planteados en clave alemana, ahora son replanteados en clave universal. Ya no importa tanto el destino de Alemania, como el destino del ser humano. La polémica anti-burguesa desaparece en gran medida. Jünger sigue propugnando un modelo de vida no burgués, pero ahora se dedica más proponer dicho modelo en clave constructiva que a denostar a su antítesis. Los temas antisocialistas desaparecen por completo…

Infancia, juventud, nueva espiritualidad

El primer “corazón aventurero” contiene un largo fragmento (o, si se prefiere, una “anotación del día”) de carácter autobiográfico donde Jünger evoca su infancia y, en general, la etapa de su vida anterior a su escapada a la Legión Extranjera francesa, la cual narraría en Juegos africanos (1936). Se trata de las páginas 20 a 49 en la edición de Tusquets. De algún modo este fragmento es la pieza del puzle que falta en Juegos africanos. Conviene, por lo tanto, leerlo justo antes o justo después de leer dicha obra. Se trata, por lo demás, de un fragmento conmovedor y de gran belleza.

Jünger evoca su infancia de mal estudiante. Como todos los malos estudiantes que han terminado teniendo éxito en la vida, “alardea” de malas notas y se muestra algo cruel con los pobres majaderos de sus profesores. ¿Pero se puede ejercer esa bendita profesión sin ser un poco “majadero”?

Además de mal estudiante –o quizás precisamente por ello-, el pequeño Ernst es también un lector compulsivo. Su defensa de las “lecturas de la infancia” es impresionante y casi justifica por sí sola toda el libro. Los libros de aventuras que leemos de pequeños –como Robinson Crusoe– son una escuela de vida. Nos revelan un mundo de viajes, de autenticidad, de amor por lo primigenio…, que está llamado a constituir lo mejor de nosotros mismos.

En este fragmento hay también muchos detalles que nos permiten hacernos una idea muy clara de cómo fue la formación jüngeriana, de cuál fue el entorno que determinó su extraordinaria personalidad. La casa paterna en medio del campo, en la que cada salida al exterior era una “exploración” y de ahí su temprano amor por la Naturaleza y el sentido tan vivo de la “wilderness” que conservaría durante toda su vida. Los paseos por un Heidelger donde el pasado medieval alemán estaba aún latente, donde se respiraba aún a “gremio”.

A partir de estos recuerdos, lo que Jünger nos plantea es hasta qué punto queremos ser fieles a nuestra infancia. Hasta qué punto los sueños de aquellos“días alegres” tienen viabilidad hoy.

Él se muestra convencido de que hay una juventud que va a cambiar Alemania. Una juventud que ha asumido que todas las manifestaciones de los valores son superiores a las del mundo de las medidas.Una juventud que rechaza el nauseabundo olor a récord, el saber libresco y el éxito que el tendero mide con vara.  Y que asume que el fundamento del mundo es espiritual.

Y no sólo los jóvenes, pues también hay algunos “viejos locos” que, enmendando una pasada vida de errores, se están incorporando a la revolución. Y algunos de esos “viejos locos” son “los mejores”.

Aquí está la clave de todo: una ruptura clara y nítida con la tradición burguesa y positivista heredada del siglo XIX y a la aparición de una cultura más espiritual, más altruista, más enraizada…

Frente a este cambio no podemos quedarnos con los brazos cerrados. ¡No podemos permitirnos malgastar nuestra propia vida!

Para qué existimos, tal vez nunca lo sepamos, todos los llamados fines pueden ser tan sólo subterfugios del destino; pero el hecho de que existimos, con sangre, músculos y corazón, con sentidos, nervios y cerebro, he ahí lo que importa. Estar siempre en nuestro puesto, siempre preparados para el combate, siempre dispuestos a seguir la llamada que se nos dirige; y es seguro que esa llamada no tardará. (pp. 22-23).

Todos estos pasajes desaparecieron en la versión de 1938. ¿Había cambiado Jünger de punto de vista? No exactamente. Conservaba plenamente su rechazo a la civilización materialista y burguesa y su esperanza en un renacer de la cultura en clave espiritual. Pero probablemente se sentía incómodo con el tono nacionalista y cuasi belicista de sus palabras de diez años atrás. El Jünger de 1938 ya no confía tanto en la “juventud alemana” como en una minoría de hombres que, por encima de diferencias nacionales, sepa mantener los valores de la tradición y que, conectados entre sí, sin reclamar ningún protagonismo, sepa proyectar su energía espiritual sobre la Humanidad.

La fe en esos hombres solitarios brota de la nostalgia por una fraternidad sin nombre, por una relación espiritual más profunda de la que es posible entre seres humanos. (p. 26).

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