El loco mundo de Gualtiero Jacopetti (IV): “Addio Zio Tom”

En estos albores del siglo XXI que nos han tocado vivir cuando un cineasta, escritor o humorista transgrede los límites de lo considerado “políticamente correcto” la turbamulta de Twitter y otros entrañables canales informáticos para uso y desfogue de la chusma no tarda en montarle un linchamiento virtual. No pasarán demasiadas horas antes de que veamos a aparecer al tipo lloroso y abatido, pidiendo perdón y asegurando que “no lo volverá a hacer nunca más”, que jamás de los jamases volverá a “ofender” ni a “molestar”, como si de un juicio de Moscú de andar por casa se tratase.

Los años sesenta y setenta del siglo XX fueron más divertidos. También existían turbamultas de linchadores, pero al carecer de ese arma de destrucción masiva de la inteligencia llamada Twitter causaban mucho menos fastidio, y además los creadores solían mantener una actitud más gallarda frente a las mismas. ¿Te ha parecido insultante mi película? ¡Pues ahora verás lo siguiente que tengo preparado para ti!

En 1966 “Africa addio” había sido objeto de una dura campaña de desprestigio. Denunciar a través de un documental que la descolonización del continente africano había sido un desastre humano y ecológico había sido juzgado como un ejercicio intolerable de “racismo”. Grupos de manifestantes airados habían boicoteado el estreno de la película en las salas de cine y su director, Gualtiero Jacopetti, había tenido que hacer frente a un conato de proceso judicial.

Pero resultaba evidente que estas minucias no iban a amilanar a un tipo que había estado en la Segunda Guerra Mundial y que había pasado por el calabozo en varias ocasiones a lo largo de su vida. Su siguiente película, lejos de levantar el pie del acelerador, iba a profundizar en las simas más oscuras que ya habían sido sondeadas en “Africa addio”: las relaciones entre seres humanos de distintas razas.

Del “cine mondo” al “falso documental”

La nueva película se llamó “Addio Zio Tom” (1971) (“Adiós Tío Tom”) y fue planteada como una investigación acerca del papel jugado por la esclavitud en la conformación de los Estados Unidos de Norteamérica.  Para esta nueva película Jacopetti mantuvo en lo esencial al equipo que le había apoyado en anteriores entregas, con Franco Prosperi actuando como co-director, pero cambiando de compañía productora: la Cineriz dejó paso a la también italiana “Euro International Film”.

También cambió la dinámica narrativa que había seguido hasta el momento en su filmografía: en “Addio Zio Tom” las escenas reales son muy pocas, mientras que el grueso de la película está formada por escenas dramatizadas por actores rodadas en el Haití de los Duvalier. Estas escenas presentan con gran dureza la realidad de la sociedad esclavista de los siglos XVIII y XIX pero, al mismo tiempo, han sido objeto de ese tratamiento sarcástico que constituía la marca más reconocible de la factoría Jacopetti, lo cual crea un contraste que al espectador le resulta incómodo y chocante: justo lo que se pretendía.

Algunos especialistas llaman a esta forma de narrar “mockumentary” (documental satírico) o “falso documental”.

El “comercio triangular”

“Addio Zio Tom” toma como punto de partida los graves disturbios raciales que asolaron a Estados Unidos durante la década de los sesenta. El asesinato de Martin Luther King, la irrupción de Malcolm X y de los Panteras Negras o la aparición de líderes negros como LeRoi Jones que propugnaba abiertamente un racismo antiblanco hacen temer que el gigante norteamericano pueda caer en una guerra civil racial.

A partir de estos hechos, Jacopetti se pregunta: ¿qué ha ocurrido para que la convivencia entre razas parezca imposible en el país que constituye el modelo a imitar por todos los demás países occidentales? La respuesta es desalentadora: la violencia racial está en el origen, en el corazón mismo, de la civilización norteamericana.

Formada a partir de la colonización europea, la Norteamérica moderna se basó en una economía especializada en el cultivo extensivo y la exportación a Europa de los llamados “productos de plantación”: algodón, tabaco y caña de azúcar. Tales cultivos presentaban la peculiaridad de que eran altamente intensivos en trabajo, un factor de producción que escaseaba en la poco poblada Norteamérica. La solución a este “cuello de botella” vino a través de la activación de un intenso comercio esclavista: la importación masiva de millones de africanos, tratados como meros “recursos humanos” a explotar.

Se conformó de este modo el llamado “comercio triangular”, un sistema económico que interconectaba América, Europa y África. La primera producía productos de plantación, la segunda los consumía y la tercera aportaba esclavos. Se trata de un sistema característicamente proto-capitalista. En él vemos prefigurados todos los rasgos esenciales de lo que, cuando el trabajo esclavo dé paso al trabajo asalariado, pasará a llamarse “capitalismo”: globalización, mercado, explotación racional del trabajo humano…

Una sociedad basada en la violencia y la humillación

En la teoría proto-capitalista el esclavo no es más que fuerza de trabajo que se compra y se vende. Pero en la realidad del día a día hay mucho más. La violencia intrínseca en el hecho de apresar a un ser humano y trasladarlo a tierras lejanas como si fuera ganado. La humillación subyacente en el hecho de animalizarlo. La humillación sexual infligida por quienes disponen de esclavas (y esclavos) a su antojo.

Lo que Jacopetti y Prosperi vienen a decirnos es que la violencia y la humillación están en la raíz misma de la civilización norteamericana, es decir, de la civilización a la que aspiramos a parecernos. Una violencia y una humillación inicialmente ejercida por los blancos hacia los negros, pero que terminó generando en éstos un poso de resentimiento que, en momentos concretos, ha generado estallidos de odio reversivo. Hay un fino hilo que conecta la revuelta de Nat Turner en 1831 con Malcolm X y LeRoi Jones. Las sociedades multiraciales se caracterizan por sus altos niveles de violencia, un hecho que nos ocultan cuidadosamente los apóstoles del multiculturalismo y el multiracialismo.

Mundo de perros, al fin y al cabo

Todas las películas de Jacopetti tienen una escena cumbre, un momento de clímax que suele ser de gran dureza, pero que también contiene una profunda verdad sobre la naturaleza de la experiencia humana.

En “Addio Zio Tom” ese momento se produce hacia el final de la película. Un negrero que se dedica a la “cría” de esclavos en “granja” ha comprado a una esclava de trece años y la lleva hasta el cubículo donde la aguarda su “semental”. Por el camino otros esclavos gritan y gesticulan, suplicando ser ellos los elegidos para desvirgar a la recién llegada. En la cara de la niña esclava podemos ver el miedo y la desolación.

Esta escena enlaza deliberadamente con la apertura de “Mondo cane”, cuando un perro era conducido a la fuerza a la perrera, y de alguna manera viene a cerrar un círculo a través del cual Jacopetti nos expone su escepticismo en torno a la condición humana y a la capacidad del hombre para mejorarse a sí mismo.

En el ojo del huracán otra vez

Al igual que había ocurrido con “Addio africa”, “Addio Zio Tom” fue objeto de acaloradas críticas. En Italia la extrema izquierda organizó una campaña contra la película, logrando evitar su exhibición en algunas ciudades.

Jacopetti y Prosperi habían realizado una dura denuncia de la que, sin duda, es la faceta más oscura de la civilización occidental: el esclavismo y, a priori, ello tendría que haberles congraciado con tendencias políticas que hacen del anti-occidentalismo su razón de ser. El problema era que su conclusión final no encajaba con el buenismo mundialista: las razas existen, y la relación entre las mismas está viciada por un poso histórico de dolor e incomprensión.

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