Los siete contra Tebas

La Hélade es la patria espiritual de los europeos. Es la cuna de nuestra civilización, el origen de lo que somos y la potencia de lo que podemos llegar a ser. La literatura de la Grecia antigua que se ha conservado hasta nuestros días constituye un formidable repositorio de las fortalezas y virtudes de nuestra cultura al que siempre podemos acudir en momentos de desasosiego.

Como escribe Marc Boillat Corgemont de Sartorio: “La sabiduría de la humanidad está contenida en miles de escrituras dejadas para que la posteridad pueda hallar el camino más fácilmente, sin tropezar en los errores de los antecesores” (Las enseñanzas de un guerrero, página 26).

Entre los siglos VI y V antes de Cristo, Esquilo creó el teatro trágico, que habría de ser origen de arquetipos culturales y humanos que hoy en día continúan siendo válidos. De él nos han llegado siete obras: Los persas, Los siete contra Tebas, Las suplicantes, Agamenón, Las coéforas, Las euménides y Prometeo encadenado.

Los siete contra Tebas constituye, junto a La Ilíada, el relato heroico por antonomasia de la antigua Grecia. Tras descubrir que los infaustos oráculos que habían predicho que asesinaría a su padre y se casaría con su madre se habían cumplido, Edipo se arrancó los ojos y se marchó de Tebas, dejando a sus dos hijos, Eteocles y Polinices, como reyes de la ciudad.

En aras que de que hubiese una buena sintonía entre los hermanos, se acordó que ambos se alternarían en el trono cada año, correspondiendo el primer turno a Eteocles quien, cuando llegó el momento en que su hermano debía reinar, se negó a transferirle la corona, a decir de algunos guiado más por la preocupación que le causaba la evidente incapacidad de éste para ejercer el mando supremo que por el deseo de acaparar todo el poder para sí.

Furioso, Polinices se exilió en Argos, donde consiguió convencer al rey de esta ciudad, Adrasto, para que formase un ejército y marchase contra Tebas con la finalidad de deponer a su usurpador hermano e instaurarlo a él en el trono.

Éste es el momento en que comienza la acción de Los siete contra Tebas. La ciudad está sitiada. Los asaltantes argivos han situado a sus mejores héroes frente a cada una de sus siete puertas y conminan a los tebanos a hacerles frente. Eteocles debe organizar la defensa y seleccionar a los siete héroes tebanos que deberán enfrentarse a los sitiadores. Él será uno de ellos y, ni que decir tiene, elegirá defender la puerta donde está apostado su hermano.

Pese a tratarse de una historia de guerra y heroísmo, en Los siete contra Tebas el elemento femenino posee una presencia destacada: el coro está integrado por jóvenes muchachas tebanas que se pasan buena parte de la obra mostrando su consternación ante la posibilidad de que la ciudad caiga en manos de los argivos y ellas acaben siendo tomadas como esclavas por los vencedores.

Eteocles se desespera ante la actitud de las mujeres, ya que considera que con sus lamentaciones hunden la moral de los soldados que han de defender la ciudad, y les conmina a recluirse en sus casas, que es, al fin y al cabo, donde deben estar las mujeres: “lo tuyo es callar y quedarte metida en casa” (página 279). Sin embargo, éstas hacen caso omiso de las órdenes de su rey y continúan mostrando su pavor y desesperación. La tensión entre el rey Eteocles y las jóvenes mujeres que no le hacen caso termina teniendo connotaciones humorísticas.

Finalmente, Eteocles parte para enfrentarse a su hermano frente a la séptima puerta de Tebas y aquí se produce un momento de una fortísima intensidad heroica.

“Confiado en eso iré y lucharé yo mismo con él. ¿Qué otro podría hacerlo con mayor legitimidad? Rey contra rey, hermano contra hermano, y enemigo contra enemigo me voy a medir.

“Si hay que soportar la desgracia, sea al menos sin deshonor; es la única ganancia que queda a los muertos, mientras que de sucesos infaustos y faltos de honra, ninguna gloria celebrarás”. (página 297).

Esquilo nos expone aquí la ética del cumplimiento del deber. Eteocles debe partir para luchar contra su hermano; para defender Tebas, su patria; para que esas mujeres jóvenes que tanto le han importunado no caigan presas de las garras de los extranjeros. Se trata del principio –fundamental en la ética indoeuropea- de cumplir el propio deber sea cual sea el coste personal que de ello se derive, principio incompatible con la (anti)ética capitalista de la búsqueda del máximo beneficio y del mínimo daño a cualquier precio.

Eteocles no puede utilizar su autoridad de rey para mandar a otro guerrero tebano para que se enfrente con su hermano en su lugar. Tampoco puede pagar a otro para que ocupe su puesto, valiéndose para ello de sus innumerables riquezas. Éstos son subterfugios aceptables para el “hombre político”, que concibe la vida como mera estrategia, o para el “hombre económico”, que todo lo mide en términos de costes y beneficios, pero no para el “hombre heroico”, portador de la ética indoeuropea, que debe arrostrar su destino, aunque el mismo pueda comportar la muerte.

Edición consultada: ESQUILO, Tragedias, Gredos, Madrid, 2008, traducción de Bernardo Perea Morales.

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