El loco mundo de Gualtiero Jacopetti (y V): “Mondo Candido”

A medida que avanzaba la década de 1970 el “boom” del cine mondo se fue desinflando. El problema no era la falta de predisposición por parte del público (de hecho, éste seguía tan ávido de devorar escenas chocantes como siempre), sino la competencia de un medio que ofrecía tales escenas de una forma mucho más accesible: la televisión. Efectivamente, las cadenas de televisión fueron abandonando el tono  “familiar” que les había caracterizado en los años anteriores e incorporando contenidos cada vez más audaces. Bastaba que el presentador anunciase que las imágenes que seguían podían “herir la sensibilidad de algunos espectadores” para que se diese por buena la emisión de contenidos que pocos años antes hubieran resultado censurados.

De hecho, en la actualidad, cualquier telediario se diferencia poco de una película mondo: se trata de una sucesión desordenada de escenas lamentables, grotescas y desagradables que exponen el dolor y el sinsentido de la experiencia humana. La única diferencia (y es una diferencia importante) radica en que el tratamiento que se da a las mismas carece del componente crítico que era consustancial al cine mondo. La televisión sí se toma en serio la dramática realidad que nos ofrece.

En estas circunstancias, Gualtiero Jacopetti se dio cuenta de que el filón que había venido explotando desde comienzos de la década de 1960 se estaba agotando y decidió dar un giro de 180 grados a su carrera dirigiendo, una vez más junto a Franco Prosperi, su primera película cien por cien de ficción: “Mondo Candido” (1975) (“Mondo Cándido”).

Voltaire, precedente del cine mondo

En realidad, la decisión de adaptar al cine la novela Cándido o el optimismo, escrita por Voltaire en 1759, resultaba coherente con la trayectoria anterior de Jacopetti. La novela original, jalonada por constantes y frenéticos viajes de sus protagonistas a lo largo y ancho del globo terráqueo, constituía, de alguna manera, un relato mondo avant la lettre. Más aún: el Cándido de Voltaire presentaba el mismo mensaje pesimista en torno al sino y la condición de los humanos que Jacopetti había ido desgranando a lo largo de su filmografía. El que el cineasta italiano apostase por esta historia para su primera película no documental resultaba, por lo tanto, plenamente comprensible.

Cándido es un joven de espíritu puro que lleva una apacible existencia acogido en adopción por un matrimonio de aristócratas que poseen una hija, la bella Cunegunda. La personalidad de Cándido está fuertemente influida por las enseñanzas de su preceptor, el doctor Pangloss, quien está convencido de que vivimos en el mejor de los mundos posibles y que todo lo que nos ocurre es lo mejor que nos podía ocurrir. Este optimismo panglossiano se transfiere a Cándido, quien vive convencido de que le aguarda una existencia de belleza y amor.

Pero sus problemas comienzan comienzan cuando es descubierto retozando con la bella Cunegunda en los jardines del castillo y el señor Barón lo expulsa a puntapiés de sus dominios. Es el punto de partida de un largo peregrinaje que le llevará a recorrer medio mundo sufriendo toda clase de desgracias. Así, vivirá las miserias y violencias de la Guerra de los Siete Años; será perseguido por la Inquisición; deberá soportar las constantes infidelidades de Cunegunda, quien resultará ser una “prenda” de cuidado; y sufrirá toda clase de robos, estafas y engaños a manos de desaprensivos de variado pelaje. Esta serie concatenada de desgracias le llevará a cuestionar las optimistas enseñanzas de su maestro y a concluir que el ser humano ha sido creado para sufrir y penar en medio de un mundo hostil.

Sobre el dolor humano

Jacopetti y Prosperi respetaron, en lo esencial, el relato voltairiano, aunque introdujeron numerosos elementos anacrónicos extraídos de la actualidad de los años setenta, como el enfrentamiento entre católicos y protestantes en Irlanda del Norte o la guerra judeo-palestina. El momento cumbre de la novela se producía cuando Cándido acudía a un derviche turco, famoso por su sabiduría, para preguntarle por qué había sido creado un animal tan extraño con el hombre, pregunta para la que el sabio no tenía una respuesta coherente. En la película el derviche es convertido en el gurú de una comuna hippie, pero su respuesta resulta igual de decepcionante.

En su novela, Voltaire había expuesto sus convicciones deístas. Este filósofo creía que Dios había creado el mundo, pero que no intervenía en el desarrollo de los asuntos humanos. Dios vendría a ser el “ser de seres”, un ente que mantenía una relación global con el universo, sin conocer individualmente a cada uno de los hombres y sin intervenir lo más mínimo en sus pequeñas alegrías y miserias cotidianas. De este modo, no tenía sentido considerar que las cosas del mundo estuvieran ontológicamente dirigidas a alguna forma de “bien”, como pensaba Pangloss. Los avatares de la experiencia humana, ya fueran éstos positivos, regulares o terribles, serían resultado de circunstancias azarosas y, en última instancia incontrolables. El ser humano estaría destinado a sufrir, pero no habría nadie en el más allá para escuchar sus lamentos.

Este planteamiento voltairiano conectaba con la visión de la vida de Jacopetti. A través de sus documentales, había retratado un universo humano escasamente esperanzador. La vida de media humanidad transcurría en medio de la violencia, la escasez y la lucha por la supervivencia, mientras que la otra media sesteaba en un mundo de abundancia, consumo, publicidad y ausencia de sentido. Cabía preguntarse por qué había sido creado “un animal tan extraño”. Sólo la idea de un Dios personal, de un Dios que nos conoce y que nos salva a pesar de nuestras innumerables debilidades y miserias podía dar una respuesta satisfactoria a esa pregunta. Pero ni Voltaire, ni Jacopetti, ni tantos otros, podían ya creer en Él.

¿El trabajo os hará felices?

En lo que la versión de Jacopetti difiere considerablemente del original de Voltaire es en el final. El filósofo francés dio a su novela un final cuando menos sorprendente. Cándido termina encontrando un calmante para su malestar espiritual en… ¡el trabajo! Retirado en una granja, el protagonista y sus amigos encuentran en las labores cotidianas del día a día una tabla de salvación para no sufrir por el sinsentido de la vida. “Trabajaremos sin razonar…; es el único medio de hacer soportable la vida”. Cándido ha recorrido más de medio mundo enfrascado en una búsqueda amorosa y filosófica, para llegar a la conclusión de que la única solución es trabajar y dejarse de idealismos. “Produce y no hagas preguntas”, parece decirnos. Es un final muy utilitarista. Muy moderno. Muy del capitalismo emergente. Prefigurador casi del “American Way of Life”.

Voltaire podía concluir así su obra porque escribía cuando la Revolución Industrial estaba dando sus primeros pasos. Pero Jacopetti había podido comprobar, dos siglos y pico más tarde, que el bienestar material, fruto de la aplicación racionalizada de capital y trabajo, no iba a curar al ser humano de sus malestares espirituales, sino más bien agravarlos. Su final es, por lo tanto, bien distinto.

“De repente me hice viejo…”

“Mondo Candido” no es una buena película. Posee algunas escenas bien planteadas y una brillante interpretación del genial Jacques Herlin en el papel del doctor Pangloss. Demasiado poco para sostener una cinta que se ve aquejada de muchos de los peores vicios del cine de los años setenta, en especial del afán por experimentar sin una finalidad concreta. Como era de esperar, constituyó un sonoro fracaso, siendo masacrada por la crítica e ignorada por el público.

A Jacopetti la industria del cine le había permitido ser “políticamente incorrecto” mientras había llenado de público las salas. Ahora que su idilio con las taquillas parecía acabado, se le cerraron todas las puertas. Lo vivió como una debacle personal: “fueron varias cosas: el fracaso de mi película, la traición de un amigo, una relación amorosa que no salió bien… ¡de repente me hice viejo!” No volvió a dirigir más películas.

Durante los años ochenta y noventa su nombre quedó prácticamente olvidado. Y si alguien lo sacaba a colación era para lanzar toda clase de improperios contra aquel “reaccionario”, aquel “racista”, aquel “fascista” que había filmado aquellas películas “atroces” e “inadmisibles”. Sólo en el pequeño reducto de la subcultura friki del “cine de culto” conservaba ciertos partidarios. Pero se dudaba de que siguiese vivo. Recuerdo a un conocido italiano que se dedicaba a llamar a todos los números de la guía telefónica de Roma que estaban vinculados al apellido Jacopetti, en la esperanza de que algún día respondiese el gran Gualtiero.

Poco a poco se fue imponiendo el sentido común y fueron apareciendo voces que reconocieron, por lo menos, su originalidad a la hora de renovar las técnicas de narración cinematográfica. Dos películas documentales: “The godfathers of mondo” (2003) y “L’importanza di essere scomodo: Gualtiero Jacopetti” (2009) rescataron su figura y rellenaron los importantes huecos que aún existían en su biografía. Fue un justo reconocimiento que le llegó en la ultimísima vuelta del camino, pues falleció en 2011, a la edad de 91 años.

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